“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

Era viejo, amarillento, pero el contenido seguía intacto. Lo abrí despacio. Adentro había un documento, escritura pública, sellos oficiales, letras claras, leí en voz baja, escritura pública número 4728. Asilo Villaserena, propietario Esteban Salazar Mendoza. Pasé los dedos sobre las letras. Sentí el relieve del sello notarial. Este documento era mi prueba, mi arma silenciosa. Guardé la escritura de nuevo en el sobre. Lo doblé con cuidado. Lo coloqué sobre la mesita de noche junto a la lámpara. Saqué de mi cartera una fotografía vieja.

Era de hace 30 años. Yo estaba frente a un terreno valdío, casco de construcción en mano, sonrisa en el rostro. Detrás de mí se veía el inicio de la obra, la primera pared de Villa Serena. Construí este lugar con mis propias manos, con mi dinero, con mi esfuerzo, y ahora mi propia hija me dejaba aquí sin saber que yo era el dueño. ¿Ustedes creen que fue justo? Me puse el pijama, apagué la luz, me acosté en la cama.

La luna entraba por la ventana, iluminaba el sobre manila sobre la mesita. Lo miré fijamente. Mañana hablaría con el director. Mañana le mostraría quién era yo. Mañana todo cambiaría. Cerré los ojos. Respiré hondo. Por primera vez en años sentí algo parecido a la paz. No porque estuviera en un asilo, sino porque había recuperado el control. Adentro de ese sobre estaba el documento que cambiaría todo. Esa noche bajé al comedor a las 7. El lugar estaba lleno. Ancianos sentados en mesas largas.

Algunos conversaban en voz baja. Otros comían en silencio. Me senté en una mesa junto a la ventana, la misma donde había estado en la tarde. Una enfermera me trajo una bandeja. Caldo de pollo con zanahoria, tres tortillas calientes, un vaso de agua, olor a cilantro fresco, comida simple pero bien hecha. Probé caldo, estaba caliente, tenía buen sabor, mejor de lo que esperaba para un asilo. Un hombre mayor se sentó frente a mí, cabello blanco, calvicie en la parte de arriba, arrugas profundas en el rostro, manos manchadas por la edad.

Buenas noches, soy don Jacinto. ¿Usted es nuevo? Su voz era cansada, pero amable. Sí, llegué hoy. Me llamo Esteban. Él asintió. Bienvenido. Yo llevo aquí 3 años. Al principio cuesta, pero uno se acostumbra. Tomó su cuchara y empezó a comer. Yo seguí observando. Quería conocer a las personas que vivían en mi asilo. Quería saber cómo las trataban. Don Jacinto habló entre cucharadas. Dicen que el dueño de estos asilos vive en Guadalajara, pero nadie lo conoce. Nunca viene, solo manda gerentes y contadores a revisar.

Nosotros solo vemos al director Bermúdez. Sentí un nudo en el pecho. Pensé, pues esta vez sí vine, pero no como visitante, vine como residente y nadie lo sabe. El dueño nunca ha venido, pregunté con curiosidad fingida. Don Jacinto negó con la cabeza. Nunca. Dicen que es un hombre mayor, rico, que tiene muchos negocios, pero para él somos solo números. En ese momento entró el director Bermúdez. Caminaba entre las mesas con pasos rápidos, revisaba su reloj, miraba a los residentes como si fueran una molestia.

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