“Coman rápido, no tenemos todo el día. A las 8 apagamos las luces del comedor.” Su voz sonaba dura, seca, sin respeto. Algunos ancianos se apresuraron, otros bajaron la cabeza. “Don Jacinto”, murmuró, “Siempre es así. Trata este lugar como si fuera un cuartel, no un hogar. Yo no dije nada, solo observé, guardé cada detalle en mi memoria. Mañana todo cambiaría. Terminé de cenar. Me despedí de don Jacinto. Subí las escaleras hacia mi habitación. El pasillo estaba en silencio.
Solo se escuchaba el ruido lejano de la televisión en la sala común. Entré al cuarto 12b, cerré la puerta, encendí la veladora que estaba sobre la mesita de noche. La luz tenue llenó el espacio. Me senté en la cama, saqué el sobre manila, lo abrí despacio. El documento estaba ahí, intacto, esperando su momento. Lo sostuve con ambas manos. Sentí el peso de 30 años de trabajo. Desdoblé la escritura, la acerqué a la luz de la veladora. Leí en voz baja.
Escritura pública número 4728. Asilo Villa Serena, Zapopan, Jalisco. Propietario Esteban Salazar Mendoza. Pasé los dedos sobre las letras, sobre el sello notarial, sobre mi nombre. Este documento era mi prueba. Yo construí este lugar. Yo pagué cada ladrillo, cada ventana, cada cama. Y ahora mi propia hija me había dejado aquí pensando que era un lugar cualquiera. ¿Ustedes creen que ella merecía saber la verdad? Guardé la escritura de nuevo en el sobre, lo dejé sobre la mesita. Saqué mi cartera.
Adentro había una fotografía vieja. Era de 1993. Yo tenía 53 años. Estaba parado frente a un terreno vacío, casco amarillo en la cabeza, planos enrollados bajo el brazo. Detrás de mí se veía el inicio de la construcción. La primera pared de Villa Serena. Sonreía en esa foto. Tenía esperanza. Tenía un propósito. Quería construir un lugar digno para los ancianos. Un lugar donde fueran tratados con respeto, con amor, no con prisa. Me puse de pie. Caminé hacia la ventana, abrí la cortina.
La luna iluminaba el patio interior. Las bugambilias se veían moradas bajo la luz plateada. Recordé a mi esposa. Ella también amaba las bugambilias. Las plantaba en el jardín de nuestra casa. Me decía, “Esteban, estas flores son fuertes. Resisten el sol y la sequía como tú.” Sonreí con tristeza. Ella murió hace 5 años. Y desde entonces Marcela cambió. se volvió fría, impaciente, ambiciosa. Solo esperaba que yo muriera para quedarse con todo, pero yo no estaba muerto y aún tenía poder.
Me quité el saco gris, lo colgué en el respaldo de la silla, luego me lo volví a poner, aunque era de noche, aunque nadie me vería, necesitaba sentir el peso del sobre en el bolsillo. Necesitaba recordar quién era yo. No un anciano abandonado, sino el dueño de este lugar, el fundador, el hombre que construyó 11 asilos en todo México. Toqué el timbre junto a la cama. Esperé. A los pocos minutos llegó la enfermera, Lupita. Señor Salazar, ¿necesita algo?
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