Su tono era respetuoso, diferente al del director. Sí, necesito hablar con el director Bermúdez mañana a primera hora. Es urgente. Lupita me miró con atención, pareció dudar un segundo, luego asintió. Le diré, ¿puedo preguntar de qué se trata? Su voz era curiosa, pero amable. Es algo personal, pero importante. Dígale que es urgente. Ella asintió otra vez. Le aviso en cuanto llegue mañana temprano. Salió de la habitación, cerró la puerta. Me quedé solo. Miré el sobre Manila sobre la mesita.
Mañana el director sabría quién soy. Mañana todo cambiaría y Villa Serena nunca volvería a ser la misma. Al día siguiente desperté a las 7 de la mañana. La luz entraba por la ventana. Domingo, día tranquilo en el asilo. Me puse el saco gris, la camisa clara, pantalón de vestir. Me peiné frente al espejo pequeño que había junto al armario. Quería verme como el hombre que era, no como el anciano abandonado que Marcela dejó. Ayer toqué el bolsillo interno del saco.
El sobre Manila estaba ahí junto con algo más. Una credencial laminada que guardaba desde hace años. Hoy la usaría. Bajé al comedor, desayuné solo. Pan dulce, café con leche. Algunos residentes me saludaron. Don Jacinto levantó la mano desde su mesa. Yo respondí con un gesto. A las 8:20 subí de nuevo a mi habitación. Tomé el sobre Manila, lo guardé bajo el brazo. Respiré hondo. Bajé otra vez, crucé el recibidor. La enfermera Lupita estaba en la recepción. Señor Salazar, el director lo espera en su oficina.
Segundo piso, puerta al fondo del pasillo. Asentí. Gracias. Ella me miró con algo parecido a la curiosidad, como si supiera que algo importante estaba por pasar. Subí las escaleras despacio, llegué al segundo piso. El pasillo estaba vacío. Solo se escuchaba el zumbido de una lámpara fluorescente. Caminé hasta el fondo. Toqué la puerta de madera con placa metálica. Dirección: una voz desde adentro dijo, “Adelante.” Empujé la puerta. Entré. La oficina era pequeña, escritorio de metal con computadora vieja, diplomas en la pared, algunos parecían falsos, ventana con vista al patio.
El director Bermúdez estaba sentado detrás del escritorio, taza de café humeante en la mano. Me miró con desdén. ¿Qué se le ofrece, don? No terminó la frase, como si no recordara mi nombre como si no le importara. Me senté en la silla frente al escritorio sin que me lo pidiera. Coloqué el sobre manila sobre mis piernas. Buenos días, director. Gracias por recibirme. Mi voz salió calmada. Él dejó la taza sobre el escritorio. Tiene 5 minutos. Estoy ocupado.
Si tiene alguna queja, puede llenar un formulario en recepción. Su tono era el mismo de ayer, autoritario, condescendiente. Sonreí apenas. No es una queja, es algo que necesito que vea. Abrí el sobre Manila, saqué la escritura doblada, la desdoblé despacio con cuidado, como si fuera una reliquia. La coloqué sobre el escritorio del director frente a él. Las letras del documento quedaron visibles. Él miró el papel con aburrimiento. Luego empezó a leer. Sus ojos se movieron de izquierda a derecha una vez, dos veces.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
