“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

Recogí la escritura y la credencial del escritorio. Las guardé en el sobre Manila. Me puse de pie. Bien, empezaremos hoy mismo. Quiero la lista completa de residentes sin familia y sin recursos. En mi habitación antes del mediodía. Salí de la oficina sin despedirme. Cerré la puerta detrás de mí. Caminé por el pasillo. Bajé las escaleras. Regresé a mi habitación. Cerré la puerta. Me senté en la cama. Sostuve el sobre manila con ambas manos. Había revelado mi identidad.

El director ahora sabía quién era yo, pero nadie más lo sabría. Iba a quedarme aquí. Iba a observar. y luego iba a actuar. Marcela me abandonó pensando que me dejaba en un asilo cualquiera, pero se equivocó. Me dejó en mi propio asilo y desde aquí tomaría la decisión más importante de mi vida. Esa tarde el director Bermúdez tocó la puerta de mi habitación. Eran las 11:30. Traía una carpeta azul bajo el brazo. Entró con pasos cortos, nervioso.

Señor Salazar, aquí está la lista que me pidió. residentes sin familia y sin recursos. Extendió la carpeta hacia mí, la tomé, la abrí. Adentro había fichas con nombres, fotografías, historias breves. Leí algunas. Don Jacinto, 75 años, sin hijos, abandonado por sobrinos. Doña Tere, 78 años, viuda, sin parientes cercanos. 15 nombres en total, 15 ancianos solos. Como yo cerré la carpeta, la dejé sobre la mesita de noche, miré al director. Gracias, puede retirarse. Él asintió, salió rápido, cerró la puerta.

Me quedé solo con la carpeta, con esos nombres, con esas historias. Sentí algo apretarse en mi pecho. No era lástima, era comprensión. Yo tenía dinero, tenía propiedades, tenía poder, pero también estaba solo. Mi hija me había abandonado. Estos ancianos no tenían ni dinero ni familia, solo tenían este asilo y yo era el dueño. ¿Qué iba a hacer con eso? La respuesta llegó clara a mi mente. Saqué mi teléfono celular del bolsillo del pantalón. Era un modelo simple, no de esos nuevos con pantalla táctil, solo llamadas.

Lo encendí. Busqué un número guardado hace años. Lick Rafael Montoya, mi abogado corporativo, el hombre que manejaba todos mis negocios desde hace 20 años. Marqué, esperé, tres tonos. Luego su voz, señor Salazar, no esperaba su llamada un domingo. Su tono sonaba sorprendido. Montoya, necesito hablar con usted. Es urgente. Hubo una pausa. Claro. Dígame. ¿Está todo bien? Respondí con calma. Sí, pero necesito que haga algo importante hoy mismo. Quiero liquidar todo. Dije las palabras sin rodeos, sin explicaciones previas.

Montoya guardó silencio. Luego habló. Liquidar. ¿Qué exactamente, señor Salazar? Su voz sonaba confundida. Todo. Acciones, propiedades comerciales, cuentas bancarias, todo lo que esté a mi nombre. Quiero convertirlo en efectivo y luego quiero donarlo. Otro silencio más largo. Donarlo. ¿A quién está seguro de lo que me está pidiendo? Su tono ahora era preocupado, casi alarmado. Yo respiré hondo. Miré la carpeta azul sobre la mesita. Estoy seguro. Nunca he estado tan seguro de algo en mi vida. ¿Y su hija Marcela?

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