Ya viste lo que necesitabas ver. Ahora empieza lo más difícil, aprender a no repetirlo. El fuego chispeó en la chimenea. Gustavo apareció en el umbral, sorprendido de vernos allí a esa hora. Todo bien, doña Emilia. Ella asintió. Sí, Gustavo, todo está donde debe estar. Pero cuando me miró, o más bien cuando giró el rostro hacia donde yo estaba, su semblante cambió. Claudia, dijo con voz suave. Esta casa no te encontró por casualidad. Te trajo el espejo y el espejo te trajo a mí.
Esa noche no dormí. El eco de las imágenes seguía en mi mente como una melodía que no se apaga. Pensé en mi madre, en su silencio perpetuo, en cómo agachaba la cabeza frente a mi padre, igual que yo frente a Arturo, y comprendí, con un dolor nuevo y profundo que la humillación no era un accidente, era una herencia. Pero también supe algo más. Esa herencia podía romperse. Y si doña Emilia decía la verdad, el destino me había dado una oportunidad, la de poner fin de una vez por todas al sufrimiento que las mujeres de mi familia llevaban arrastrando por generaciones.
Miré por la ventana. El amanecer asomaba detrás de los árboles, el espejo seguía cubierto y aunque me temblaban las manos, sonreí porque por primera vez en mucho tiempo no me sentía víctima, sino testigo de mi propio despertar. El amanecer trajo un silencio nuevo. No el silencio del miedo, sino ese que deja el alma cuando ya no puede seguir huyendo. Bajé al comedor con los ojos hinchados por una noche sin sueño. Doña Emilia estaba allí sentada junto a la ventana tomando café.
No necesitó verme para saber que había estado llorando. ¿Qué viste anoche? Preguntó sin volverse. Todo respondí. Ella asintió despacio. Entonces, ya no eres la misma. Me senté frente a ella. No había palabras suficientes para describir lo que había sentido frente a ese espejo. Miedo, vergüenza y una extraña sensación de alivio. Era como si por fin hubiera podido mirar mi vida sin mentiras, sin justificaciones, sin pretextos. Por un momento pensé que doña Emilia me consolaría, pero no. Su voz fue firme, casi dura.
Ver el pasado no sirve de nada si no haces algo con él. No sé qué hacer”, dije. “Claro que sabes,”, replicó, “solo que tienes miedo de admitirlo.” “¿Admitir qué?” Ella dejó la taza y entrelazó las manos sobre la mesa. “Que mereces más, que tu vida todavía te pertenece. Sus palabras me atravesaron. A mis 68 años no recordaba la última vez que alguien me había dicho algo así. Arturo se había encargado de convencerme de que mi valor dependía de su aprobación, pero esa mujer ciega, en cambio, hablaba como si me conociera desde siempre.
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