Miguel lo miró con una seriedadimpresionante para su edad. No pude quedarme callado sabiendo que la persona que lastimó a Valentina iba a volverse parte de su familia. La sinceridad en la voz de Miguel era imposible de fingir. Roberto creyó cada palabra que el chico había dicho, pero una parte de él aún resistía aceptar la traición completa que eso representaba.
Miguel, ¿tendrías el valor de repetir esa historia a otras personas si fuera necesario? Sí, señor. Solo quiero que salga la verdad. ¿Y tu abuela? Ella lo sabe. Lo sabe. Ella siempre me dijo que contara la verdad. Incluso cuando era difícil, Miguel sonrió por primera vez. Dijo que la mentira tiene patas cortas.
Roberto no pudo evitar sonreír también. La sabiduría popular de la abuela del chico resumía perfectamente la situación. Quiero conocer a tu abuela, Miguel y quiero que le repitas esa historia en mi presencia. ¿Está bien? Claro, señor. Ella está en casa ahora. La casa de Miguel quedaba en una parte de la colonia Nesa Walcoyutl.
que Roberto nunca había visitado. Las calles eran estrechas, las casas pequeñas y pegadas unas a otras, pero había vida latiendo en cada esquina. Niños jugaban en la calle, mujeres platicaban en las puertas, hombres jugaban cartas en las banquetas. Doña Carmen era una señora de unos 70 años, cabello canoso, recogido en un moño, vestida con un vestido sencillo, pero impecablemente limpio.
Sus ojos eran iguales a los de Miguel, honestos, directos, sin artificio. “Entonces, usted es el padre de la niña”, dijo ofreciendo un café. Miguel me ha hablado mucho de ustedes en estos dos años. Doña Carmen, su nieto me contó una historia muy seria sobre el accidente de mi hija. ¿Usted le cree, señor Roberto? Se sentó en una silla de plástico frente a él.
Este muchacho nunca me ha mentido en toda su vida, incluso cuando la verdad le iba a valer un regaño. Y puedo decirle que lloró muchas noches por no haber podido ayudar a su hija ese día. ¿Por qué no fueron a la policía en ese momento? Doña Carmen rió con amargura. ¿Usted cree que la policía le iba a hacer caso a una mujer de la colonia y a un niño de 10 años contra una maestra? Negó con la cabeza.
Además, después de que la maestra esparció que Miguel tenía problemas, algunos vecinos empezaron a mirarnos raro. Yo no quería empeorar nuestra situación. La realidad social que doña Carmen describía era dolorosa, pero cierta. Roberto se dio cuenta de que su posición privilegiada lo había cegado ante las dificultades que personas como Miguel y su abuela enfrentaban para hacer oír sus voces.
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