“¿Y qué querías que sintiera?”, pregunté. “¿Invisible?”.
No tenía respuesta.
“Dejaste que me humillaran en mi propia casa”, continué. “Eso no fue paz. Fue cobardía”.
“Puedo arreglarlo”, dijo rápidamente.
“No”, respondí. “Hay cosas que no se arreglan. Se aprende de ellas”.
Esa noche, durmió en el sofá. A la mañana siguiente, le pedí el divorcio. No discutió.
Semanas después, el apartamento volvió a estar en silencio. Compré un jarrón nuevo, sencillo, sin adornos. No para reemplazar lo que se rompió, sino para recordarme una verdad:
Las mentiras se rompen con fuerza.
La verdad permanece en silencio y perdura.
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