El guardia de seguridad nos miró fijamente. «¡No deberían estar aquí abajo!».
En ese mismo instante, mi marido salió de la escalera.

Nuestras miradas se cruzaron.
Su expresión me lo dijo todo.
¿Qué haces aquí?, preguntó.
No grité. No discutí.
Dije en voz baja: «Me mentiste».
Sonaron sirenas a lo lejos. No sabía quién las había llamado, ni si era coincidencia, pero una cosa sí sabía: esto era mucho más grave que un trabajo falso.
Me fui.
Tomé a mi hijo y conduje directo a casa de mi hermana. Esa noche, mi teléfono no paraba de sonar. Siguieron mensajes: «Me malinterpretaste. No es lo que parece. Por favor, no se lo digas a nadie».
Ese último mensaje dejó clara mi decisión.
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