Fui a relajarme a mi casa de la playa y encontré a mi nuera allí con toda su familia. Me miró con desdén y dijo: "¿Qué hace esta vieja parásita aquí? ¡No hay sitio para ti!".

Con el tiempo, ella cambió. No era perfecta, pero era humana. Miguel llegó

Su matrimonio se estabilizó. Y creció entre nosotros un respeto mutuo.

Al mirar atrás, comprendí algo fundamental:

No se trataba de venganza.

Se trataba de límites.

Y a veces, establecer límites

es el mayor acto de amor propio.

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