Hace siete años, todas las noches eran iguales para Eduardo Monteiro, un empresario ciego que había convertido su vida en una coreografía precisa de pasos contados y silencios calculados.
Se despertaba a las seis en punto no porque tuviera ganas, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza la ubicación de la salida de emergencia en un edificio sin luces.
Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a sumergirse en el mismo silencio espeso de siempre.
Ponía los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta el lavabo, todo medido al milímetro para que nada lo sorprendiera.
Cuando uno no ve, la desorganización no es un simple fastidio doméstico, pensaba Eduardo, sino un peligro real capaz de convertir una taza mal puesta en una caída o en una fractura.
Durante el día, desde un ático en São Paulo que jamás había visto con sus propios ojos, dirigía una empresa tecnológica especializada en seguridad digital y firmaba contratos que movían cifras multimillonarias.
Hablaba con fondos de inversión de Nueva York, proveedores de Tokio y clientes de Berlín, mientras sus programas protegían datos de millones de personas que nunca sabrían su nombre ni su historia.
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