La voz metálica de su lector de pantalla era su principal secretaria, sus gráficos vivían traducidos en columnas de números y su calendario dependía de recordatorios sonoros que jamás fallaban.
Para la prensa económica, Eduardo Monteiro era el ejemplo perfecto del empresario que había convertido la adversidad en disciplina férrea y la ceguera en una marca de resiliencia admirada.
Pero lo que los perfiles brillantes omitían sistemáticamente era la otra cara de su éxito: todas las noches cenaba solo en una mesa pensada para doce personas, frente a platos que nadie comentaba.
A las nueve en punto, la cocinera dejaba el plato principal, describía en voz alta la posición del tenedor, el cuchillo y el vaso, y salía descalza para que él supiera que ya no quedaba nadie.
Sus socios creían que prefería la soledad por excentricidad, su familia asumía que no necesitaba compañía, y los vecinos del edificio de lujo apenas sabían que detrás de aquella puerta vivía alguien.
Esa rutina comenzó a resquebrajarse una tarde de lluvia cuando, entre el ruido del lavavajillas y el zumbido lejano del tráfico, se coló una risa infantil por el pasillo de servicio.
Era Ana Clara, la hija de nueve años de Rosa, la limpiadora del edificio, que aquella semana no había encontrado con quién dejarla y había pedido permiso para traerla durante el turno nocturno.
El reglamento del condominio lo prohibía con letras mayúsculas, pero el administrador miró hacia otro lado al ver la seriedad con que la niña prometía no tocar nada y quedarse “quietita leyendo”.
Eduardo oyó el murmullo de esa explicación en la cocina y respondió con la cortesía distante de siempre, sin saber que aquella voz aguda estaba a punto de reescribir sus noches.
La primera vez que Ana Clara se asomó al comedor, se quedó paralizada ante la mesa inmensa, las copas alineadas y el hombre que comía solo en un extremo como si estuviera castigado.
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