Hace 7 años el empresario ciego cenaba solo hasta que la hija de la limpiadora hizo lo imposible...-NANA

“Entonces hoy no va a cenar solo”, sentenció la niña, partiendo un panecillo por la mitad y dejándole uno, mientras Rosa se disculpaba en voz baja y Eduardo, para sorpresa de todas las partes, decía que se quedara.

Desde esa noche, el departamento de Eduardo fue cambiando en detalles mínimos que solo los más atentos notaron: una silla menos pegada a la pared, una bandeja de postres compartida, un segundo vaso servido “por si acaso”.

Siete años después de aquella primera cena improvisada, los registros de la empresa Monteiro incluyen un programa formal de becas para hijos de personal de limpieza, cocina y portería del edificio y de la compañía.

En las actas internas se lee que la inspiración no vino de un estudio de mercado, sino de “una conversación recurrente con una niña que se negaba a aceptar las mesas vacías como algo normal”.

Hoy, el hombre que conocía su casa únicamente por conteo de pasos y golpes de bastón puede describirla también con palabras prestadas de

Ana Clara, que le enseñó que la verdadera seguridad no está solo en el software, sino en las personas que se sientan a tu mesa.

Y aunque los balances financieros sigan impresionando a los analistas, Eduardo insiste en que el cambio

más rentable de su vida ocurrió la noche en que la hija de la limpiadora hizo lo imposible: se atrevió a sentarse a su lado y a llenar de voz un silencio de siete años.

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