Los trabajadores se quedaron paralizados. Los parientes soltaron exclamaciones ahogadas. Pero algo en mi voz debió sonar absoluto, porque dos hombres dieron un paso adelante con palas. El pulso me martilleaba mientras cavaban a través de la tierra fresca. Ethan sostenía mi mano con una fuerza desesperada, como si ya supiera algo que el resto de nosotros ignoraba.
Cuando el ataúd finalmente reapareció, manchado de barro e inquietantemente inmóvil, nadie se atrevió a respirar. Uno de los hombres deslizó una palanca bajo la tapa y la forzó para abrirla.
La tapa se levantó, las bisagras chirriaron.
Y fue entonces cuando todo dentro de mí se quebró.
Los ojos de Anna estaban abiertos.
No sin vida. No vidriosos.
Abiertos, y parpadeando con el más leve rastro de pánico.
Sus dedos se movieron espasmódicamente contra el revestimiento, débiles pero inconfundiblemente vivos.
Una ola de gritos recorrió al grupo, pero no pude escuchar ninguno de ellos por encima del retumbar en mis oídos. Todo lo que podía ver era su pecho, alzándose en respiraciones superficiales y erráticas. Estaba viva. Enterrada viva.
Me incliné hacia ella con los brazos temblorosos, susurrando su nombre como una oración que nunca pensé que volvería a decir.
Este momento —este momento imposible, aterrador y milagroso— lo cambió todo.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
