“Hacía apenas una hora que había enterrado a mi esposa cuando mi hijo de 7 años me tiró de la manga, susurrando con voz temblorosa: ‘Papá… mamá me llamó desde dentro del ataúd’. Pensé que estaba abrumado por el dolor, pero el terror en sus ojos hizo que se me encogiera el corazón. Sin saber por qué, me escuché decir: ‘Desentiérrenlo’. Cuando la tapa del ataúd se abrió, todos contuvieron el aliento… porque lo que vimos dentro… lo cambió todo.”

Y susurró, con una voz ronca pero inconfundiblemente suya: “¿David?”.

Me tragué las lágrimas. “Estoy aquí. Estoy justo aquí”.

Parecía confundida, luego asustada, luego abrumada. Pero cuando vio a Ethan durmiendo a su lado, su expresión se suavizó. Había vuelto. Verdaderamente vuelto.

Y nuestra segunda oportunidad acababa de comenzar.

La recuperación no fue sencilla. El cuerpo de Anna estaba débil, sus músculos rígidos por las horas pasadas en ese ataúd. Pero cada día se volvía más fuerte. Los médicos calificaron su supervivencia de “notable”, “estadísticamente improbable”, incluso “rozando lo milagroso”. Sin embargo, nada de eso se sentía místico, sino dolorosamente humano. Una cadena de errores médicos, señales malinterpretadas y una condición que pocos médicos encuentran casi le habían costado la vida.

Durante las sesiones de rehabilitación, a veces me apretaba la mano de repente, atormentada por destellos de oscuridad y asfixia. Recordaba fragmentos: la sensación de estar atrapada, el frío presionando contra su piel, sus intentos de moverse. Pero sobre todo, recordaba haber intentado gritar, a cualquiera, a mí, a Ethan.

—¿Realmente me escuchó? —preguntó una mañana, con la voz todavía frágil.

Me encogí de hombros suavemente.

—Tal vez no tu voz. Pero te sintió. Eso es suficiente.

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