El lavadero de cemento afuera. Ramiro dormido en el catre con 5 años apenas. Ella se levantaba antes del amanecer, ponía el agua a hervir, lavaba ropa ajena de rodillas con las manos en el jabón hasta que le sangraban los nudillos. Juntaba moneda por moneda en una lata de café para los útiles, para el uniforme, para que Ramiro tuviera lo que ella nunca tuvo. Nunca le dijo cuánto le costaba, nunca se quejó. Abrió los ojos, estaba sola otra vez.
La luz del día se apagó. La casa quedó en penumbras. No tenía vela, no tenía lámpara, no tenía nada. Guadalupe se acostó en la cama con la ropa puesta, abrazó la maleta vieja contra su pecho. Una lágrima le rodó por la mejilla. No hizo ruido. Afuera el viento movió el pasto alto. Adentro solo había silencio. Guadalupe despertó con el cuerpo adolorido. La luz entraba por los hoyos del techo. Se sentó en la cama. Le dolía la espalda, le dolían las rodillas.
abrió el paquete de galletas, comió tres, las masticó despacio para que duraran, salió de la casa. El sol ya estaba alto. Caminó por el camino de tierra hasta que encontró una carretera. A lo lejos vio una tiendita con un letrero de Coca-Cola. Entró. Un hombre gordo estaba detrás del mostrador. Buenos días. ¿Me puede fiar un poco de arroz y frijol? Le pago cuando pueda. El hombre la miró de arriba a abajo. No la conozco, señora. Aquí no fiamos.
Puedo trabajar, se lavar, planchar, lo que necesite. No necesito nada. Guadalupe bajó la mirada. Gracias de todos modos. Salió sin nada. El sol le pegó en la cara. Siguió caminando. Encontró un teléfono público. Buscó en su bolsillo. Tenía unas monedas. marcó el número de Ramiro. Un timbre, dos timbres, tres. El número que usted marcó no está disponible. Colgó. Volvió a marcar. El número que usted marcó colgó otra vez. Se quedó parada frente al teléfono. Una mujer se acercó.
Tenía el pelo blanco recogido en un chongo. Cargaba una bolsa del mercado. Está bien, señora. Guadalupe la miró. Sí, solo estoy esperando. La mujer la observó. Usted es la que se mudó a la casa vieja de los Hernández, ¿verdad? Sí. Soy Carmen. Vivo por allá atrás pasando el arroyo. Guadalupe asintió. Guadalupe. Carmen la miró un momento. Ya comió. Guadalupe no respondió. Venga conmigo. Tengo frijoles en la estufa. La casa de Carmen era pequeña, pero limpia. Olía a Epazote.
Carmen sirvió un plato de frijoles con tortillas. Guadalupe comió en silencio. Cada bocado le supo a alivio. ¿Tiene familia?, preguntó Carmen. Un hijo. ¿Y él dónde está? Guadalupe miró el plato. Él me trajo aquí. Carmen no dijo nada. No hacía falta. Sus ojos decían que entendía. ¿Y eso qué es? Carmen señaló el bolsillo de Guadalupe. El sobre amarillento asomaba. Guadalupe lo sacó. No sé cosas que dejó mi esposo. Ya lo revisó. No entiendo lo que dice. Carmen lo miró.
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