Hijo Abandonó Su Madre en Una Casa Vieja… SIN SABER QUE ELLA SE VOLVERÍA MILLONARIA…

Puede ser importante. Debería llevarlo con alguien que sepa leer esas cosas. Guadalupe guardó el sobre. No es nada, solo papeles viejos. Cambió el tema. En la ciudad, Ramiro llegó a su casa. Una casa grande en una colonia privada, dos carros en la cochera, jardín con pasto verde. Mariana lo esperaba en la sala, rubia, delgada, uñas perfectas. ¿Ya dejaste a tu mamá? Sí. ¿Dónde? En una casa en las orillas. Está bien. Es tranquilo, Mariana. asintió. Qué bueno. No quería que mis hijos crecieran con esa influencia.

Ramiro no dijo nada. Mi papá nos invitó a cenar. Quiere hablar del negocio. Voy a cambiarme. La casa de don Aurelio era el doble de grande. Mármol en el piso, cuadros en las paredes. Una empleada uniformada abrió la puerta. Don Aurelio los esperaba en el comedor. Cabello blanco, traje caro, reloj de oro. Ramiro, Mariana, siéntense. La mesa estaba llena, carne asada, ensaladas, vino tinto. Don Aurelio cortó su carne mientras hablaba. Estoy pensando en expandir el negocio, comprar el terreno de al lado.

Ramiro asintió. Me parece buena idea, don Aurelio. Necesito que te encargues de las ventas del próximo trimestre. Si los números suben, te doy una bonificación. Cuente conmigo. Mariana sonrió. Papá, estamos pensando en comprar una casa más grande para cuando lleguen los niños. Don Aurelio la miró. Primero que Ramiro demuestre que puede con el puesto. Ramiro tragó saliva. No lo voy a defraudar. Don Aurelio siguió comiendo. Eso espero. Mariana tomó la mano de Ramiro por debajo de la mesa.

Él sintió la presión, la exigencia. Por cierto, dijo Mariana, qué bueno que ya resolviste lo de tu mamá. Era incómodo tenerla en la casa. Ramiro miró su plato. Sí, ya está mejor allá. Don Aurelio levantó la vista. Tu mamá. Sí, la llevé a una casa en las afueras. Estaba estorbando un poco. Don Aurelio no comentó nada. Siguió comiendo. Ramiro sintió alivio. Nadie preguntó más. Los días pasaron. Guadalupe limpió la casa vieja, barrió las telarañas, lavó el piso con agua del pozo que encontró atrás, remendó el colchón con trapos.

Con los 50 pesos compró un poco de arroz, sal y cerillos. Cocinó en una estufa oxidada que encontró en la cocina. Funcionaba apenas. Carmen la visitaba cada tercer día. Le llevaba tortillas, a veces un poco de pollo. “No tiene que hacer eso”, decía Guadalupe. “No tengo que quiero.” Una tarde Guadalupe encontró un pedazo de tierra detrás de la casa, se arrodilló, empezó a remover con las manos. Guadalupe recordó su esposo Manuel haciendo lo mismo, removiendo la tierra con las manos, plantando tomates en el patio de la casa vieja.

Un día vamos a tener algo mejor”, le decía él. “Tengo unos papeles, un terreno que me dejó mi abuelo. Algún día va a servir.” Ella nunca entendió. Manuel murió antes de explicarle. Guadalupe siguió removiendo la tierra. Las manos le sangraron. No le importó. Era lo único que sabía hacer, trabajar. Una semana después, Guadalupe intentó llamar a Ramiro otra vez. Esta vez él contestó, “Bueno, hijo, soy yo.” “Mamá, ¿qué pasó?” “Nada, solo quería escucharte. ¿Puedes venir a verm?” Un suspiro del otro lado.

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