No respondió. Tu mamá tiene papeles viejos, documentos. Ramiro frunció el seño. Mi mamá no tiene nada. Es una mujer mayor que apenas sabe leer. Don Aurelio lo miró un momento más. Está bien, puedes irte. Ramiro salió confundido, no entendía las preguntas. Carmen convenció a Guadalupe de ir con el licenciado. El licenciado Méndez tenía una oficina pequeña cerca del mercado. Cabello canoso, lentes gruesos, escritorio lleno de papeles. Pase, señora, ¿en qué le puedo ayudar? Guadalupe se sentó. No sé si pueda ayudarme, solo tengo esto.
Sacó el sobre amarillento, lo puso en el escritorio. Méndez lo tomó, lo abrió con cuidado, sacó los papeles, los leyó. Su rostro cambió, levantó la vista, miró a Guadalupe. Señora, ¿sabe lo que es esto? No. Mi esposo lo guardó. Nunca me explicó. Méndez volvió a leer, pasó las hojas, revisó los sellos. Esto es una escritura de un terreno. Mi esposo decía que tenía un terrenito, pero nunca sirvió para nada. Méndez se quitó los lentes, la miró directo a los ojos.
Señora Guadalupe, necesito verificar algo. ¿Puedo quedarme con estos papeles unos días? ¿Para qué? Para saber exactamente qué tiene usted aquí. Guadalupe dudó. Se los cuido como si fueran míos, dijo Méndez. Se lo prometo. Ella asintió. Está bien. Se levantó para irse. En la puerta se detuvo. Licenciado. Es algo malo. Méndez la miró. No, señora, puede ser algo muy bueno. Guadalupe salió sin entender. Méndez se quedó mirando los papeles, tomó el teléfono, marcó un número. Necesito que busques un registro, un terreno en la zona industrial.
A nombre de Manuel Ortega. Colgó, miró por la ventana. Señora, si esto es lo que creo que es No terminó la frase. El licenciado Méndez pasó tres días investigando, fue al registro público, revisó archivos, habló con notarios, cada documento que encontraba confirmaba lo mismo. Se sentó en su oficina, miró los papeles de Guadalupe, miró los registros del terreno. No puede ser, pero era. Méndez llegó a la casa vieja de Guadalupe. La encontró en el patio arrodillada removiendo la tierra con las manos.
Había logrado que crecieran unas matas de cilantro. “Señora Guadalupe”, Ella se levantó, se limpió las manos en el delantal. “Licenciado, ya revisó los papeles.” “Sí, podemos hablar adentro.” Entraron a la casa. Guadalupe le ofreció agua en un vaso despostillado. Era lo único que tenía. Méndez se sentó en la única silla. Guadalupe se sentó en la cama. Señora Guadalupe, ¿usted sabe dónde está el terreno que su esposo le dejó? No, Manuel nunca me llevó. Decía que estaba lejos.
Méndez asintió. El terreno está en la zona industrial de la ciudad. Guadalupe frunció el seño. La zona industrial. Sí. ¿Dónde están las fábricas? Las bodegas. No entiendo. Méndez respiró hondo. Señora, el terreno de su esposo es el terreno donde está construida la empresa de don Aurelio Medina. Guadalupe lo miró sin comprender. Don Aurelio, el papá de su nuera, el suegro de su hijo Ramiro, Guadalupe se quedó inmóvil, que dice que el terreno donde don Aurelio construyó su bodega principal legalmente es de usted.
Guadalupe negó con la cabeza. No, eso no puede ser. Mi esposo era un hombre pobre, no tenía nada. Su esposo compró ese terreno hace 40 años cuando no valía nada. Era puro monte, pero nunca lo registró a su nombre completo. Solo guardó la escritura original. Méndez sacó los papeles. Esta escritura prueba que Manuel Ortega era el dueño y como usted es su viuda, el terreno es suyo. Guadalupe miró los papeles como si fueran de otro planeta. ¿Y eso qué significa?
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