Había macetas con plantas en la ventana. Respiró hondo. Bajó del carro. Guadalupe estaba en el patio trasero. Regaba sus matas de cilantro con un bote de plástico. Sus manos seguían agrietadas. Su ropa seguía vieja, pero había algo diferente en ella. Mamá. Guadalupe volteó, lo miró, no sonó. Ramiro, qué sorpresa. Él caminó hacia ella. Vine a verte. ¿Cómo estás? Bien. Te ves bien. La casa se ve mejor. Guadalupe no respondió. Siguió regando. Ramiro se acercó más. Mamá, supe que tienes unos papeles, unos documentos de mi papá.
Guadalupe dejó de regar. ¿Quién te dijo? No importa. Necesito que me los des. ¿Para qué? Ramiro se pasó la mano por el cabello. Es complicado, mamá. Hay un problema con un terreno. Esos papeles pueden arreglarlo. Guadalupe lo miró fijo. Un problema. ¿De quién? ¿De don Aurelio, de la empresa? ¿Y qué tengo yo que ver con la empresa de don Aurelio? Ramiro apretó los puños. Mamá, ¿no entiendes? Si no consigo esos papeles, voy a perder mi trabajo. Voy a perder todo.
Guadalupe dejó el bote en el suelo, se limpió las manos en el delantal. Todo que, Ramiro, mi puesto, mi casa, mi la vida que construiste fingiendo que yo no existía. Ramiro se quedó mudo. Guadalupe dio un paso hacia él. Me trajiste aquí como si fuera un mueble viejo. Me dejaste sin luz, sin agua, con 50 pesos y un paquete de galletas. Mamá, no me llamaste, no viniste. Cuando te marqué, colgabas rápido. Siempre tenías algo más importante. Estaba ocupado.
Yo avergonzado de mí. Ramiro bajó la mirada. Guadalupe siguió. 30 años lavé ropa ajena para que tú estudiaras. Me levantaba a las 4 de la mañana. Me sangraban las manos. Junté moneda por moneda para tus útiles, tu uniforme, tu universidad. Lo sé, mamá. No, no lo sabes porque nunca preguntaste, nunca me diste las gracias. Solo tomaste y tomaste hasta que ya no te serví. Ramiro levantó la vista. Tenía los ojos húmedos. Mamá, perdóname. Fui un idiota, pero necesito esos papeles.
Sin ellos, sin ellos, ¿qué? Vas a terminar como yo solo en una casa vieja, sin nadie que te visite? Ramiro no pudo responder. Guadalupe negó con la cabeza. ¡Vete, Ramiro, mamá, por favor, vete.” Carmen apareció en la entrada del patio. Había escuchado todo. Ya oyó a su madre. Váyase. Ramiro miró a Carmen. Miró a su madre. No había nada más que decir. Caminó hacia el carro. Antes de subir volteó. “Mamá, lo siento.” Guadalupe no respondió, solo lo miró irse.
El carro arrancó. El polvo se levantó otra vez. Carmen se acercó a Guadalupe. Está bien. Guadalupe asintió. Sí, por primera vez en mucho tiempo. Estoy bien. Ramiro llegó a su casa. Mariana lo esperaba en la sala con las maletas hechas. ¿Qué es esto?, preguntó él. Me voy a casa de mis papás. ¿Qué? Mi papá me llamó. Me dijo que no conseguiste los papeles. Mariana, dame tiempo. Puedo convencer a mi mamá. Mariana soltó una risa fría. Convencerla. La tiraste en una casa sin luz y ahora quieres que te ayude un error.
Lo sé. Tu error nos va a costar todo. Ramiro se acercó a ella. Mariana, somos esposos. Podemos resolver esto juntos. Mariana lo miró con desprecio. Yo no me casé contigo para ser pobre, Ramiro. Me casé con el gerente de la empresa de mi papá, no con un don nadie. Mariana, quiero el divorcio. La palabra quedó flotando en el aire. No puedes hablar en serio, muy en serio. Mi abogado te contactará. Mariana tomó sus maletas, caminó hacia la puerta.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
