Mariana, espera. Ella no volteó. La puerta se cerró. Ramiro se quedó solo en la sala. Al día siguiente, don Aurelio lo llamó a su oficina. Siéntate. Ramiro se sentó. Sabía lo que venía. No conseguí los papeles. Lo sé. Tu esposa me contó. Don Aurelio. ¿Puedo intentar otra vez? No, ya no trabajas aquí. Ramiro sintió el golpe. Me está despidiendo. Te estoy sacando de mi empresa y de mi familia. Mariana ya inició el divorcio. El carro es de la empresa, así que déjalo en el estacionamiento.
La casa está a nombre de mi hija, así que tienes una semana para sacar tus cosas. Ramiro se quedó helado. Don Aurelio, por favor, he trabajado años para usted. Trabajaste años para ti. Usaste a mi hija para subir. Y cuando tuviste que elegir entre tu imagen y tu madre, tiraste a tu madre como basura. Don Aurelio se levantó. Un hombre que trata así a su propia madre no merece estar cerca de mi familia. Don Aurelio, vete, ya no tenemos nada que hablar.
Ramiro salió de la oficina. Las piernas apenas lo sostenían. En una semana lo había perdido todo, el trabajo, la esposa, la casa, el carro, el respeto. Tres días después, Ramiro llegó a la casa vieja, esta vez a pie. Cargaba una mochila con lo poco que pudo llevarse. Era de noche, no tenía a dónde ir. Tocó la puerta. Guadalupe abrió, lo miró, vio la mochila, vio sus ojos rojos, vio al hombre destruido que tenía enfrente. “Mamá, perdí todo.
No tengo a dónde ir.” Guadalupe lo miró un largo momento. Yo tampoco tenía a dónde ir. “Y tú me dejaste aquí.” Ramiro bajó la cabeza. Las lágrimas le rodaron por las mejillas. “Lo sé y lo siento. Sé que no merezco nada.” Guadalupe no cerró la puerta, pero tampoco lo abrazó. Hay un cuarto atrás, tiene un colchón viejo. Puedes quedarte ahí esta noche. Ramiro levantó la vista. De verdad, pero mañana buscas qué hacer con tu vida. Yo no voy a mantenerte.
Ramiro asintió. Gracias, mamá. Guadalupe se hizo a un lado. Ramiro entró. La casa olía a cilantro y a frijoles. Olía a humildad. Olía a todo lo que él había despreciado. Caminó al cuarto de atrás. El colchón era peor que el de su madre. Las cobijas solían aguardado. Se acostó. Por primera vez en su vida entendió lo que su madre había vivido. Y el peso de eso no lo dejó dormir. Guadalupe despertó temprano como siempre. El sol apenas asomaba por los hoyos del techo.
Se levantó, fue a la cocina, puso agua a hervir, preparó café en una olla vieja. El olor llenó la casa. Ramiro apareció en la puerta de la cocina. Tenía los ojos hinchados, la ropa arrugada. Parecía 10 años más viejo. Buenos días, mamá. Guadalupe sirvió dos tazas de café. Le dio una a él sin azúcar. No había. Buenos días. Se sentaron en silencio. Ramiro sostenía la taza con las dos manos. Miraba el piso. Mamá, perdóname. Guadalupe tomó un sorbo de café.
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