Maria aceptó con lágrimas en los ojos. Tres meses después se inauguró el Centro de Apoio Maria das Dores. Neusa trabajaba a su lado, ya no como empleada doméstica, sino como asistente y amiga. Los vecinos eran voluntarios. En el primer mes atendieron más de cien casos. Historias duras, parecidas a la de Maria, que ahora encontraban un lugar seguro para ser contadas.
Viviane y Carla, presionadas por la justicia y por la exposición pública, devolvieron el dinero. La escritura de la casa fue revertida. En una última aparición, Viviane, demacrada y distinta, se presentó en la sala de la casa para pedir perdón. Intentó explicar sus miedos, su infancia pobre, el terror de la miseria, la rabia mal dirigida. Mauricio quería echarla de inmediato, pero Maria, increíblemente, pidió que se quedara.
—Yo te perdono —le dijo, mirándola a los ojos—. No porque lo merezcas, sino porque yo no quiero vivir con odio en el corazón. Pero el perdón no borra las consecuencias. Vas a devolver todo y vas a responder ante la ley. Y vas a buscar ayuda, porque la herida que tienes por dentro es más peligrosa que cualquier deuda.
Viviane lloró, prometió cambiar y se fue, dejando atrás una casa que ya no le pertenecía ni en papeles ni en recuerdos.
Desde entonces, los jueves se convirtieron en día de pastel de chocolate. Maria y Mauricio recuperaron un ritual de la infancia: ella guiaba, él batía la masa, los dos se reían de los pequeños errores. Una tarde, mientras el olor dulce inundaba la cocina, ella dijo algo que se le quedaría grabado para siempre:
—Hijo, descubrí que la riqueza de verdad no está en la cuenta bancaria, está en la mesa. En quién se sienta a tu lado, en quién te escucha, en quién te abraza.
Mauricio apretó los labios, conmovido.
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