—Perdóname, hijo, perdóname por avergonzarte así…
Y él solo pensaba una cosa: el avergonzado era él. Lo que estaba a punto de descubrir esa noche no solo rompería su corazón, sino que también lo obligaría a elegir entre su matrimonio y la mujer que le había dado la vida.
Llevaron a Maria a la cocina de Mariana, donde la vecina ya los esperaba con un plato de sopa caliente. Maria se sentó despacio, como si cualquier movimiento pudiera quebrarla. Tomó la cuchara con manos trémulas y empezó a comer despacio, saboreando cada bocado con la devoción de quien hace mucho que no ve comida de verdad. Las lágrimas le corrían por las mejillas y se mezclaban con el caldo. Mauricio, sentado a su lado, le sostuvo la otra mano.
—Mãe, ¿qué está pasando? ¿Por qué no me llamaste? —preguntó, tratando de controlar la voz.
Ella bajó la mirada, consumida por la vergüenza.
—Intenté llamarte, hijo… muchas veces. Pero tú nunca contestabas. Pensé que estaba molestando, que estabas muy ocupado…
Mariana se acercó con el celular viejo de Maria en la mano. La pantalla estaba rota y casi no prendía. A través del ordenador de la vecina, Mauricio logró entrar a la cuenta de su madre. Lo que vio ahí le heló la sangre: decenas de mensajes enviados, todos con el mismo tono desesperado, y un registro de llamadas intentadas una y otra vez.
“Hijo, no tengo comida en casa.”
“Hijo, tengo miedo.”
“Hijo, por favor, llámame.”
Mauricio sintió que le arrancaban algo por dentro. Entonces revisó su propio teléfono. En configuración encontró la explicación: el número de su madre estaba bloqueado. Bloqueado. Él nunca habría hecho algo así. Sabía exactamente quién lo había hecho: Viviane, su esposa, que tenía acceso a sus contraseñas. Un pensamiento oscuro se abrió paso en su cabeza: ¿hasta dónde había llegado ella?
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