HISTORIA REAL: ÉL ME AGARRÓ POR DETRÁS Y YO LE DIJE POR DETRÁS NO… ¡MIRA LO QUE PASÓ!

Hace mucho que no salimos solos, que no platicamos de nosotros. ¿Para qué, Carmen? Aquí en la casa se come mejor y no gastamos dinero de a gratis. Además, ¿de qué vamos a platicar? Esa última pregunta me dolió como una apuñalada. ¿De qué íbamos a platicar? de todo, de nuestros hijos, de nuestros sueños, de cómo nos sentíamos, de los recuerdos bonitos, de los planes para el futuro, pero para él ya no había nada de que hablar conmigo. Me sentía como esas plantas que pones en un rincón oscuro de la casa que van sobreviviendo, pero nunca florecen

de verdad, que van perdiendo color, perdiendo vida hasta que un día te das cuenta de que ya no son las mismas. Eso era yo en mi matrimonio, una mujer que sobrevivía, pero que había dejado de vivir. Las amigas de la iglesia tampoco ayudaban mucho con sus consejos. Doña Socorro, casada desde hacía 30 años, siempre me decía, “Carmen, el matrimonio es así, hija. No es todo el tiempo luna de miel. Lo importante es tener respeto, tener compañía, que no te falte nada en la casa.

” Y doña Remedios completaba, “Ay, Carmen, los hombres después de los 50 ya no son la misma cosa. Se vuelven más serios, más concentrados en el trabajo. Hay que entenderlos.” Pero yo no quería conformarme. Sentía que todavía había vida en mí, bondad de sentir mariposas en el estómago, de ser deseada, de conversar hasta altas horas, de reírme hasta que me doliera la panza. Era un pensamiento que me daba hasta culpa en esa época, porque había sido educada para creer que una mujer casada, madre de familia, católica, practicante, no podía andar pensando en esas cosas.

Pero ahí estaba el pensamiento, creciendo dentro de mí como una semillita que había encontrado tierra fértil. ¿Sería posible que hubiera algo más para mí? Sería posible que mereciera más que esta vida gris rutinaria sin chispa. Fue la noche del 15 de marzo de 1998 cuando todo cambió para siempre. Habíamos cenado en silencio como siempre. Yo había hecho chiles rellenos, uno de los platillos que más le gustaban a Roberto, esperando tal vez provocar alguna conversación, algún elogio, alguna muestra de aprecio, pero él comió sin comentarios, viendo las noticias de Televisa, masticando mecánicamente mientras yo lavaba los trastes que íbamos usando.

Después de cenar, Roberto se fue a bañar como todas las noches. Yo terminé de limpiar la cocina, guardé los trastes, limpié la estufa, barrí el piso. Era mi rutina de siempre. Después me fui al cuarto a cambiarme el vestido por mi camisón, a desmaquillarme, a cepillarme el cabello. Roberto salió del baño envuelto en su toalla, se puso la pijama y se acostó a ver televisión. Yo estaba en el baño lavándome los dientes cuando lo sentí llegar por detrás.

Al principio pensé que tal vez quería platicar que había decidido ser cariñoso después de tanto tiempo de frialdad. Pero cuando puso las manos en mi cintura y empezó a besarme el cuello de esa forma brusca, áspera, sin delicadeza, me di cuenta de que tenía otras intenciones. Sus manos no acariciaban. apretaban. Su boca no besaba con cariño, mordisqueaba como si fuera un animal. “Roberto”, le dije volteándome y apartándolo un poco. Estoy cansada. Mañana tengo que entregar tres vestidos de quinceañera.

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