Pero él no me hizo caso. Otra vez me sostuvo con fuerza cuando traté de resistirme. Otra vez ignoró mis protestas. Otra vez hizo lo que quiso sin importarle lo que yo sentía. Esa segunda vez algo se rompió definitivamente dentro de mí. Entendí que Roberto no me veía como una persona con derechos, con sentimientos, con dignidad. Me veía como una propiedad, como algo que había comprado con el anillo de matrimonio y que podía usar como se le antojara.
Entendí que para él ser mi esposo le daba carta blanca para hacer conmigo lo que quisiera, sin mi consentimiento, sin importarle mi comodidad, sin respetar mi dignidad como mujer. La tercera vez que lo intentó tres semanas después fue diferente. Roberto llegó del trabajo más temprano de lo normal con esa mirada que ya yo conocía. Había bebido un poco, no estaba borracho, pero sí tenía esa confianza extra que le daba el alcohol. Yo estaba en la cocina preparando la cena cuando me agarró por detrás y empezó con lo mismo.
Esta vez no me dejé. Cuando me empezó a voltear, yo me zafé con fuerza. No le grité. Te dije que no. Él se enojó como nunca lo había visto. Su cara se puso roja. Las venas del cuello se le marcaron, los puños se le cerraron. ¿Qué te pasa, Carmen? ¿Desde cuándo te pones así conmigo? Desde que decidí que merezco respeto en mi propia casa. Le contesté con una valentía que no sabía que tenía. La discusión que siguió fue brutal.
La peor pelea de nuestros 22 años de matrimonio. Roberto me gritó que era su esposa, que era mi obligación como mujer casada, que él trabajaba todo el día para mantenerme y tenía derecho a lo que quisiera de mí. “Eres mi mujer”, me gritó. “Te casaste conmigo para esto también. Me casé contigo para ser tu compañera, no tu esclava”, le grité de vuelta. Le grité que ser esposa no me convertía en su propiedad, que mi cuerpo era mío y que si no respetaba mi negativa, si no podía hacer el amor conmigo de una forma que no me lastimara, entonces tendríamos problemas muy serios.
¿Me estás amenazando? me preguntó con esa voz fría que me daba miedo, acercándose a mí de una forma intimidante. “Te estoy avisando”, le respondí con una valentía que me sorprendió a mí misma. “Si me vuelves a forzar, si me vuelves a lastimar así, si me vuelves a ignorar cuando te digo que no, voy a tomar decisiones que tal vez no te gusten. ” ¿Como qué decisiones? Ya lo verás. si sigues faltándome al respeto. Esa noche Roberto durmió en el sillón de la sala por primera vez en nuestros 22 años de matrimonio y así se quedó durante una semana completa.
No hablábamos más que lo indispensable. ¿A qué hora vienes a comer? Necesito dinero para el mercado. Miguel Ángel habló. La tensión en la casa era tan densa que se podía cortar con cuchillo. Pero por primera vez en meses yo me sentía en paz en mi propia cama. Fue durante esa semana de silencio y distancia que tomé una decisión que cambiaría mi vida para siempre. Estaba sentada en mi máquina de coser, terminando un vestido de novia para la hija de la señora Esperanza.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
