HISTORIA REAL: ÉL ME AGARRÓ POR DETRÁS Y YO LE DIJE POR DETRÁS NO… ¡MIRA LO QUE PASÓ!

Cuando me di cuenta de algo muy claro, no iba a seguir viviendo con un hombre que no me respetaba como persona. No iba a seguir fingiendo que todo estaba bien cuando en realidad estaba siendo abusada en mi propia casa por el hombre que se suponía me tenía que amar más que nadie. Esa noche, cuando Roberto regresó a dormir al cuarto, como si nada hubiera pasado, como si la semana de castigo hubiera sido suficiente para que yo entrara en razón, yo ya tenía mi plan.

No iba a permitir ni una vez más que me faltara al respeto de esa manera. Era hora de tomar el control de mi vida, aunque eso significara enfrentar el miedo, el qué dirán, la incertidumbre económica y la posibilidad de quedarme sola a los 45 años. El momento decisivo llegó un sábado por la mañana de abril. Roberto estaba desayunando, leyendo el periódico como todos los sábados, cuando me senté frente a él con una determinación que nunca había sentido antes.

Había pasado toda la noche despierta, pensando en lo que le iba a decir, preparándome mentalmente para la confrontación que sabía que venía. Roberto, le dije con voz firme, tenemos que hablar muy seriamente. Él levantó los ojos del periódico con fastidio, como si yo fuera una mosca molesta que estaba interrumpiendo su momento de paz. Ahora, ¿qué, Carmen? ¿Otra vez vas a estar con lo mismo. Voy a estar con lo mismo hasta que lo entiendas, le respondí. Y si no lo entiendes, vamos a tener que tomar decisiones muy difíciles.

¿A qué te refieres? Me preguntó. Pero ya había algo en su voz que me dijo que sabía perfectamente a qué me refería. Me refiero a que las cosas van a cambiar en esta casa. O aprendes a respetarme como tu esposa, como la madre de tus hijos, como una mujer que merece dignidad o vamos a tener que separarnos. Las palabras salieron de mi boca con una claridad que me sorprendió. Había estado practicándolas en mi mente, pero al decirlas en voz alta sonaban tan definitivas, tan reales.

La cara que puso Roberto fue de sorpresa total. Se quedó con el tenedor a medio camino hacia la boca, los ojos bien abiertos, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. Separarnos. ¿Estás loca, Carmen? No estoy loca, Roberto. Estoy harta. Harta de qué? De tener casa, comida, un marido que trabaja para mantenerte. Harta de que me trates como si fuera tu propiedad. Harta de que hagas conmigo lo que se te antoje sin importarte si yo quiero o no.

Harta de vivir con un hombre que no me respeta. Roberto dejó el tenedor en el plato y me miró como si estuviera viendo a una extraña. Carmen, estás exagerando. Somos marido y mujer. Es normal lo que hacemos. No es normal forzar a tu esposa, Roberto. No es normal ignorar cuando te dice que no. No es normal lastimar a la persona que se supone amas. Ay, Carmen, no seas dramática. Todas las parejas pasan por esto. En serio, le pregunté.

¿Tú crees que todas las mujeres se van a acostar llorando porque sus maridos las forzaron? ¿Tú crees que todas las esposas tienen marcas en las muñecas porque sus maridos las sujetaron para que no se movieran? Roberto se quedó callado porque sabía que no tenía respuesta para eso. La conversación se alargó por horas. Roberto alternaba entre diferentes estrategias. Primero las disculpas. Perdóname, Carmen, no me di cuenta de que te lastimaba. Después las promesas de cambio, te juro que va a ser diferente.

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