Los vecinos murmuraban a sus espaldas. Los desconocidos la señalaban en la calle. Los caseros cerraban las puertas cuando veían a sus hijos mestizos. A veces, le negaban vivienda, diciéndole que no “encajaba”.
Pero su amor era inquebrantable. Cada noche, sin importar lo agotada que estuviera, arropaba a sus hijos con las mismas palabras:
— Puede que no tengamos mucho, pero tenemos honestidad. Tenemos dignidad. Y nos tenemos los unos a los otros.
Los años pasaron. A pesar de los murmullos, las dudas y la ausencia de su padre, los cinco niños prosperaron. Cada uno desarrolló talentos únicos que darían forma a su futuro:
Uno se convirtió en arquitecto, diseñando edificios hermosos y funcionales.
Otro estudió derecho y llegó a ser abogado, luchando por la justicia.
Uno descubrió su pasión por la música y se volvió cantante.
Otro construyó una carrera como consultor, asesorando empresas.
Y el último abrazó la creatividad y se convirtió en artista.
Los hijos eran la prueba viva de la fortaleza de su madre. Pero la sombra de su padre ausente aún los seguía.
Incluso de adultos, no podían escapar de las preguntas.
— “¿De verdad saben quién es su padre?” —se burlaban algunos.
— “¿Están seguros de que su madre les dijo la verdad?”
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