Instaló cámaras para atrapar a otro mentiroso. Pero vio algo que nunca más se atrevió a creer.
Introducción
En el mundo del multimillonario Andrew Grant, el silencio no era solo la ausencia de sonido; era un diagnóstico. Un diagnóstico de su hogar, de su vida, de su propio corazón. Ocultos en el silencio se encontraban la fatiga, las esperanzas apagadas, la carga de la pérdida que cargaba sobre sus hombros, cediendo ante un peso imposible incluso para alguien acostumbrado a ser dueño de corporaciones enteras.
Su casa de Connecticut una vez estuvo llena de risas. Los rayos de sol danzaban sobre las paredes del espacioso salón, reflejándose en los ojos de la mujer que amaba. Sarah rió tan fuerte, tan puramente, como si la vida misma fluyera a través de su voz. Soñaba con hijos como otros sueñan con el aire. Cinco años intentándolo, tres ciclos de FIV fallidos, docenas de inyecciones, lágrimas, esperanzas, desesperación... y finalmente, un ansiado embarazo de trillizos.
Pero la vida es cruel, especialmente para quienes se atrevieron a confiar demasiado en la felicidad. Sarah murió cuarenta y cinco minutos después de dar a luz a sus hijos. Y la casa que se suponía albergaría a tres pequeños y a sus felices padres se convirtió en un mausoleo de sueños incumplidos. Todo en ella se congeló, se quedó inmóvil, cubierto por un manto de desesperanza.
Y entonces llegó el segundo golpe, no menos cruel, no menos devastador.
El diagnóstico.
Tres niños.
Tres destinos.
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