Y de repente... comenzaron a regresar a él, paso a paso.
Conclusión
Esa noche, Andrew vio la grabación docenas de veces.
Cada vez, con las manos temblorosas.
Cada vez, con lágrimas frescas.
Se dio cuenta de que los milagros no piden permiso.
Simplemente entran en una casa cuando la puerta ha estado cerrada demasiado tiempo.
Angela no fue el duodécimo fracaso.
Fue la primera salvación.
Los chicos no fueron una sentencia de muerte.
Fueron un recordatorio.
Que la vida, incluso la más destrozada, puede atravesar el cemento del dolor, si hay alguien cerca que la riegue con su calor.
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