Tres sentencias.
Parálisis cerebral severa. Pérdida total de la función motora. Sin posibilidad de caminar de forma independiente. Quizás nunca.
Andrew no lloró ese día. Estaba tan agotado que sus lágrimas se apagaron junto con las de su esposa. Simplemente se quedó de pie, escuchando a los médicos, y sintió que otra puerta en su vida se cerraba de golpe, revelando solo oscuridad más allá.
Juró que lo haría todo. Compró el mejor equipo, trajo especialistas de todo el mundo, contrató terapeutas a precio de pasajes de avión. Pero los niños... permanecieron inmóviles.
Cuerpos débiles, obstinadamente reticentes a cooperar.
Rostros inexpresivos.
Ojos como sumergidos en una espesa niebla.
Pasaron los meses, los años, y la esperanza se pudría en su interior, como metal en la humedad.
Crió a sus hijos entre máquinas, monitores y enfermeras, pero les faltaba lo más importante: una persona que creyera.
Y Andrew ya no creía en nada.
Y cuando once enfermeras seguidas lo traicionaron —robándole su dinero, sus medicamentos, sus fotos, su confianza—, se dio cuenta de que no se puede confiar en la gente. Su riqueza era un señuelo para ellas, y sus hijos una carga, una fuente de lástima, un medio de manipulación.
Instaló cámaras por todas partes:
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
