Cuando el helicóptero negro descendió sobre el campo de golf del exclusivo club donde se celebraba la reunión de exalumnos, todos los presentes dejaron caer sus copas de champán. La puerta se abrió y de ella bajó una mujer en un vestido blanco de diseñador que costaba más que el coche de cualquiera de los invitados. Caminó por el césped perfectamente cortado mientras 30 personas la miraban con la boca abierta, incapaces de creer lo que veían. Era Valentina Ruiz, la misma chica a la que habían llamado la perdedora durante 4 años de instituto.
La misma que habían invitado a esta reunión solo para humillarla una vez más. Pero lo que ninguno de ellos sabía era que esa chica tímida y pobre que limpiaba mesas en la cafetería de sus padres, ahora era la dueña de un imperio tecnológico valorado en 800 millones de euros. Y lo que menos imaginaban era que la verdadera razón de su visita no era presumir su éxito, sino cobrar una deuda que llevaba 10 años esperando, porque Valentina no había olvidado.
Valentina nunca olvidó. Si estás preparado para esta historia, escribe en los comentarios de dónde estás viendo este video. Hace 10 años, el Instituto San Rafael de Marbella era el centro educativo más exclusivo de la Costa del Sol. Sus pasillos de mármol, sus jardines perfectamente cuidados y sus instalaciones deportivas de primer nivel atraían a los hijos de empresarios, políticos y celebridades de toda España. Era el lugar donde se formaban las futuras élites del país, donde las conexiones que se hacían en los recreos valían más que cualquier título universitario.
Valentina Ruiz no pertenecía a ese mundo. Estaba allí gracias a una becaémica que cubría la matrícula, pero no los extras. Esos pequeños detalles que marcaban la diferencia entre pertenecer y ser una intrusa. No tenía el uniforme de marca que los demás compraban en boutiques exclusivas, sino una versión genérica que su madre había encontrado en un mercadillo. No llevaba el último modelo de teléfono, ni conducía un coche deportivo al cumplir los 18. vivía en un pequeño apartamento sobre la cafetería que sus padres regentaban en el centro del pueblo, y cada tarde después de clases bajaba a
limpiar mesas y servir cafés, mientras sus compañeros iban a fiestas en yates o escapadas de fin de semana a París. era delgada de una manera que no tenía nada de elegante, con el cabello castaño, siempre recogido en una coleta práctica y gafas gruesas que ocultaban unos ojos color miel que nadie se molestaba en mirar. Caminaba por los pasillos con los hombros encorbados, los libros apretados contra el pecho como un escudo, tratando de ocupar el menor espacio posible.
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