era invisible, o al menos eso intentaba ser. Pero la invisibilidad era un lujo que los depredadores del instituto no le concedían. El grupo que la atormentaba estaba liderado por Patricia Montalvo, la reina indiscutible del San Rafael. Patricia era todo lo que Valentina no era, rubia, alta, con una belleza que parecía salida de una revista y un apellido que abría todas las puertas de la alta sociedad española. Su padre era dueño de una cadena de hoteles de lujo.
Su madre una exmodelo reconvertida en influencer antes de que existiera la palabra. Y su novio, Rodrigo Castillo, era el capitán del equipo de polo y heredero de una fortuna inmobiliaria que se remontaba tres generaciones. Patricia había convertido la vida de Valentina en un infierno desde el primer día, no con violencia física, que habría sido demasiado vulgar para alguien de su posición. sino con una crueldad refinada y constante que dejaba heridas invisibles pero profundas, apodos susurrados lo suficientemente alto para que Valentina los oyera, risas ahogadas cuando pasaba por su lado, invitaciones a fiestas enviadas por error y luego retiradas con fingida vergüenza.
Comentarios sobre su ropa, su pelo, su forma de hablar, su olor a café y a pobreza. El peor día fue durante el baile de graduación. Valentina había ahorrado durante meses para comprarse un vestido, nada espectacular, pero decente, algo que la hiciera sentir normal por una noche. Había tardado horas en arreglarse, había pedido prestado maquillaje a una vecina, se había quitado las gafas, aunque eso significara no ver bien. Cuando llegó al salón decorado con globos y luces, por un momento se sintió parte de algo.
Entonces Patricia subió al escenario. habían organizado una votación secreta, anunció con su sonrisa perfecta para elegir a la reina y el rey del baile. Y también habían decidido crear una categoría especial, la perdedora del año. Las risas comenzaron antes de que pronunciara el nombre. Valentina supo lo que venía incluso antes de oírlo. Cuando Patricia dijo su nombre y una corona de cartón con la palabra loser escrita en purpurina cayó sobre su cabeza. El mundo se detuvo. Las carcajadas resonaron como un tsunami.
Los flashes de los teléfonos la cegaron. Alguien le tiró ponche encima. Valentina corrió hacia la salida, tropezando con su vestido ahora arruinado, las lágrimas mezclándose con el maquillaje barato que corría por sus mejillas. Detrás de ella, la fiesta continuó como si nada hubiera pasado. Esa noche, sentada en el suelo del baño de su casa, mientras su madre golpeaba la puerta preguntando qué había pasado, Valentina tomó una decisión. No lloraría más. No dejaría que la definieran y algún día, de alguna manera, les demostraría a todos que se habían equivocado.
Lo que nadie en ese instituto sabía era que la chica que limpiaba mesas tenía un don que ninguna fortuna podía comprar, una mente extraordinaria para los números y los patrones. Mientras servía cafés, Valentina estudiaba. Mientras otros iban a fiestas, ella aprendía a programar. Mientras la llamaban perdedora, ella construía en silencio los cimientos de algo que cambiaría todo. La invitación llegó un martes de octubre enviada al correo electrónico corporativo que Valentina usaba exclusivamente para asuntos de negocios. Era curioso que la hubieran encontrado ahí”, pensó mientras leía el mensaje decorado con gráficos dorados y tipografía elegante.
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