Invitaron A La “Perdedora De La Clase” A Reunión De 10 Años Para Burlarse — Y Llegó En Helicóptero…

Alguien había hecho su tarea, aunque no la suficiente. La reunión de los 10 años del Instituto San Rafael se celebraría en el club de golf La Reserva, uno de los más exclusivos de Andalucía. Cena de gala, código de vestimenta formal, oportunidad de reconectar con viejos amigos y celebrar los éxitos de todos. El mensaje incluía una nota personal de Patricia Montalvo, ahora Patricia de Castillo tras casarse con Rodrigo, expresando cuánto esperaba verla y ponerse al día. Valentina sonrió al leer esas palabras.

Una sonrisa que no tenía nada de cálida. Sabía perfectamente por qué la habían invitado. Había seguido las redes sociales de sus antiguos compañeros durante años, no por nostalgia, sino por pura curiosidad antropológica. Patricia se había convertido en influencer de estilo de vida de lujo con 2 millones de seguidores, casada con Rodrigo, que ahora manejaba los negocios familiares con resultados mediocres. Según los informes financieros que Valentina había consultado. El grupo de amigos seguía intacto, mismas caras, mismas actitudes, misma necesidad de sentirse superiores.

Y necesitaban a alguien a quien mirar por encima del hombro. Necesitaban a la perdedora para recordar que ellos eran los ganadores. Lo que Patricia y su grupo no sabían, lo que nadie fuera de ciertos círculos empresariales muy selectos, sabía era quién era realmente Valentina Ruiz. Ahora, los primeros años después del instituto habían sido duros. Valentina había conseguido una beca completa para estudiar ingeniería informática en el MiE, lo cual ya era un logro extraordinario, pero fue lo que hizo después lo que cambió todo.

A los 23 años, mientras trabajaba en una startup de Silicon Valley, desarrolló un algoritmo de inteligencia artificial que revolucionó la forma en que las empresas analizaban datos de consumo. A los 25 fundó su propia empresa. A los 27 rechazó una oferta de compra de Google por 500 millones dó porque sabía que valía más. Ahora, a los 28 años, Valentina era la CEO de Neuratec, una empresa valorada en 800 millones de euros que operaba desde Madrid, pero tenía oficinas en Nueva York, Londres y Singapur.

Vivía en un ático en el barrio de Salamanca. tenía un Porsche que casi nunca usaba porque prefería que su chóer la llevara mientras trabajaba en el asiento trasero y su nombre aparecía regularmente en las listas de las mujeres más influyentes de la tecnología europea. Pero Valentina había sido cuidadosa con su imagen pública. las entrevistas, no tenía redes sociales personales y las pocas fotos que existían de ella eran corporativas y formales, con el cabello recogido y trajes sobrios que no revelaban nada.

La niña con gafas gruesas y ropa de mercadillo había desaparecido, pero nadie que la hubiera conocido entonces la reconocería ahora. Durante tres días, Valentina consideró ignorar la invitación. tenía mejores cosas que hacer, reuniones importantes, decisiones que afectaban a miles de empleados, pero algo en su interior, esa parte que aún recordaba el sabor del ponche mezclado con lágrimas, esa parte que había jurado no olvidar, le decía que esta era una oportunidad que no podía dejar pasar. No para vengarse, se dijo a sí misma, no exactamente, sino para cerrar un capítulo, para demostrar no a ellos, sino a ella misma, que había dejado atrás a la chica asustada que corría por los pasillos del instituto.

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