“Invitó a su pobre exesposa a su boda solo para humillarla, pero ella llegó en una limusina y se fue con trillizos a su lado… La verdad sobre el padre de los tres niños es sorprendente…”

Cuando Lucía abrió el sobre crema con bordes dorados, sintió que el aire se le detenía en el pecho. “Boda de Alejandro y Carmen”, decía la elegante caligrafía. Alejandro. Su exmarido. El hombre que la había dejado tres años atrás, cuando la crisis económica los arrastró a la ruina y ella perdió el negocio familiar. No se hablaban desde el divorcio, salvo por algún mensaje frío sobre trámites legales. Y ahora, él la invitaba a su boda.

En el barrio de Salamanca, donde vivían los dos cuando estaban casados, la noticia corría rápido: Alejandro, empresario que había logrado recuperar su fortuna, se casaba con la hija de un político influyente. Lucía, en cambio, vivía modestamente en una pequeña casa de alquiler en Alcalá de Henares, criando sola a tres niños —sus recién nacidos— que pocos conocían realmente.

Sus amigas le decían que no fuera. “Es una trampa para humillarte”, le advirtió Sonia, su confidente. Pero Lucía decidió lo contrario. No por orgullo, sino por dignidad. No sería la exmujer derrotada que él esperaba. Pidió un favor a un viejo amigo, Luis, dueño de una empresa de alquiler de coches de lujo. Aquel sábado, una limusina negra se detuvo frente a la iglesia de San Jerónimo el Real. Los invitados, curiosos, giraron las cabezas.

Lucía salió del coche con un vestido azul marino que realzaba su figura, su cabello recogido con sencillez, y tres pequeños de apenas un año tomados de la mano de su niñera. Los murmullos se esparcieron como fuego:
—¿Son sus hijos? ¿De quién son?

Alejandro, en el altar, se quedó inmóvil. La sonrisa de triunfo que llevaba preparada se congeló. Carmen, su prometida, lo miró con sorpresa. El cura tosió, intentando disimular el silencio incómodo. Lucía caminó con paso firme por el pasillo central y tomó asiento en la última fila. No buscaba venganza, pero la escena ya había cambiado todo.

Cuando terminó la ceremonia, muchos se acercaron a saludarla, más por morbo que por cortesía. Ella, serena, se limitó a sonreír. Antes de marcharse, Alejandro se le acercó y le preguntó en voz baja:
—¿De quién son esos niños, Lucía?

Ella sostuvo su mirada y respondió con calma:
—No te preocupes, no son tuyos. Pero deberías saber quién es su padre.

Y sin añadir más, volvió a la limusina y se marchó, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que cualquier palabra.

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