Aquella boda marcó un antes y un después. Los rumores se multiplicaron: algunos decían que Lucía había rehecho su vida con un extranjero, otros que los niños eran fruto de un “tratamiento de fertilidad”. Nadie sabía la verdad. Pero Alejandro no pudo dormir durante días. Lo corroía una mezcla de rabia, curiosidad y una punzada de celos que no quería admitir.
Dos semanas después, la buscó. La citó en un café discreto de la Gran Vía. Ella llegó puntual, con una serenidad que lo desconcertó.
—¿Por qué fuiste a la boda? —preguntó él, sin rodeos.
—Porque me invitaste —respondió ella—. Pensé que querías demostrar que estabas por encima de todo.
Alejandro frunció el ceño. La conocía bien: cuando hablaba con ese tono tranquilo, significaba que estaba conteniendo mucho más.
—¿Quién es el padre de los niños? —insistió.
Lucía lo miró un momento y respondió con firmeza:
—Tu hermano, Javier.
Alejandro se quedó helado. Javier, el pequeño, el rebelde de la familia, siempre la había admirado, incluso cuando ellos estaban casados. Tras el divorcio, fue quien la ayudó a reconstruir su vida: le prestó dinero, la apoyó durante su embarazo complicado y nunca la abandonó. Pero Javier había muerto en un accidente de tráfico un año antes de nacer los trillizos.
—No te lo dije antes porque pensé que no te importaría —añadió Lucía—. Pero él sí me quiso, de verdad.
Alejandro se quedó en silencio. Por primera vez entendió la magnitud de su propio egoísmo. Había despreciado a una mujer que, pese a todo, no lo había traicionado mientras estaban casados. Había perdido a su hermano y, con él, la oportunidad de comprender el amor que ella aún representaba.
Esa noche, al volver a casa, Carmen lo esperaba con una copa de vino.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
—Nada —mintió él—. Solo cansancio.
Pero su mirada estaba lejos, en el recuerdo de una mujer que había aprendido a renacer de las ruinas.
Mientras tanto, Lucía veía a sus hijos dormir. No guardaba rencor. Su única intención en aquella boda había sido mostrar que la dignidad no se mide por el dinero, sino por la capacidad de levantarse. Sin embargo, en el fondo, también quería que Alejandro supiera la verdad: que el amor que él perdió había florecido en otra rama del mismo árbol familiar.
Los meses pasaron. La vida de Alejandro se volvió un caos. Su matrimonio con Carmen comenzó a resquebrajarse. Ella descubrió que él seguía pensando en Lucía y que visitaba a escondidas el cementerio donde descansaba Javier. Los negocios empezaron a caer, como si la fortuna también lo abandonara.
Lucía, por su parte, abrió una pequeña cafetería en Alcalá, “Tres Lunas”, en honor a sus hijos. El negocio prosperó gracias a su trato cálido y al apoyo de los vecinos. A veces veía en las noticias los problemas financieros de Alejandro, pero nunca comentó nada. Había cerrado ese capítulo.
Un día lluvioso, él apareció en la puerta de su cafetería. Estaba distinto: sin traje, sin el brillo arrogante en los ojos. Solo un hombre cansado.
—Necesitaba verte —dijo.
Lucía lo miró con compasión.
—Ya no me debes nada, Alejandro.
—No vengo por eso —contestó él—. Vengo a pedirte perdón. Por todo.
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