“Invitó a su pobre exesposa a su boda solo para humillarla, pero ella llegó en una limusina y se fue con trillizos a su lado… La verdad sobre el padre de los tres niños es sorprendente…”

Ella lo invitó a sentarse. Tomaron café en silencio, mientras los niños jugaban en una esquina. Al cabo de un rato, Alejandro se levantó, se arrodilló frente a los tres pequeños y dijo con voz temblorosa:
—Vuestro padre fue un buen hombre. Y yo fui un mal hermano. Pero si alguna vez necesitáis algo, estaré aquí.

Lucía sintió una paz que no había experimentado en años. No era amor lo que sentía, sino cierre. Sabía que él, finalmente, había entendido.

El tiempo siguió su curso. Alejandro se divorció y decidió marcharse de Madrid, mientras Lucía amplió su negocio y comenzó a dar empleo a mujeres solas como ella. Cada año, en el aniversario de Javier, él enviaba flores al café, sin firmar, pero siempre con una nota: “Gracias por recordarme lo que realmente importa.”

Lucía nunca volvió a responder, pero cada vez que leía aquellas palabras, sonreía. Había aprendido que las heridas, cuando se enfrentan con dignidad, se transforman en cicatrices bellas. No siempre hay justicia en la vida, pero sí puede haber redención.

Y así, la mujer que un día fue humillada, terminó siendo el espejo donde los demás aprendieron a mirarse con verdad. Porque, en el fondo, el amor no siempre vence… pero siempre enseña.

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