¡JEFE, SU MADRE ESTÁ VIVA LA VI EN EL MANICOMIO!— GRITÓ LA EMPLEADA AL VER EL RETRATO EN LA MANSIÓN

Tenía el mismo collar, el mismo que aparece en ese retrato. Y cada vez que mencionaba su nombre, sus ojos se llenaban de esperanza. Héctor sintió un golpe en el pecho. Los recuerdos llegaron como relámpagos. El entierro apresurado, el ataúdrado, el médico que Jimena había traído, la prisa en terminar con todo. 6 años, susurró. Jimena se apresuró a tocarle el brazo. Amor, por favor, no empieces con eso. Tú estabas ahí. Tu madre murió. Yo estuve contigo todo el tiempo.

Pero él no respondió. Su mirada estaba fija en el retrato, el mismo brillo en los ojos, la misma paz en la sonrisa, la misma sensación de vida. “No miento, señor”, insistió Dolores. “La vi junto a la ventana, mirando el cielo, repitiendo su nombre. Decía que el día que usted tocara el piano, ella sabría que el amor todavía la esperaba.” Héctor tragó saliva. Su cuerpo temblaba entero. Jimena dio un paso atrás. El control se le escurría entre los dedos.

“Basta”, dijo Héctor con voz ronca. “Salgan las dos.” Dolores bajó la cabeza con lágrimas corriendo por sus mejillas, pero con alivio de haber hablado. Jimena permaneció inmóvil un segundo, sorprendida, y luego obedeció. El eco de sus pasos desapareció por el pasillo. Héctor se quedó solo. Se acercó al retrato con los ojos fijos en el rostro pintado de su madre. El marco dorado reflejaba la luz tenue del vitral. Pasó los dedos sobre la pintura como si pudiera tocar la piel real.

Una frase antigua guardada en su memoria volvió a su mente. El amor verdadero nunca muere, hijo. Solo espera. Héctor sintió un nudo en la garganta. El aire pesaba, el corazón se le desbocaba. Y si fuera verdad, susurró, sin saber que esa duda cambiaría su vida para siempre, años antes de aquel grito que lo cambiaría todo. La mansión Montiel era un lugar lleno de luz, risas y aroma a café recién hecho. Doña Josefa Montiel caminaba por los pasillos con su bastón de madera, pero con la mirada firme y la voz de quien aún se siente dueña del mundo que construyó.

Era viuda desde hacía más de una década, pero conservaba el mismo temple con el que levantó junto a su esposo el grupo Montiel Inversiones, el negocio que ahora dirigía su hijo. Hctor había heredado no solo el apellido, sino también la responsabilidad. Era meticuloso, educado, un hombre de palabra, pero había una grieta invisible en su carácter. Buscaba aprobación, necesitaba sentirse querido y respetado. Y Jimena López, su esposa, lo sabía perfectamente. Jimena, había llegado a la familia como un vendaval.

Hija de un empresario venido a menos, supo adaptarse con elegancia al nuevo círculo social. Aprendió rápido a moverse entre cócteles, a pronunciar las palabras exactas, a sonreír sin mostrar los colmillos. A ojos de todos, era la esposa perfecta. A ojos de doña Josefa, era una tormenta disfrazada de calma. Héctor, cariño, decía Jimena cada mañana sirviéndole el café, deberías dejar que tu madre descanse. Está cansada, siempre se le olvidan las cosas. No exageres, Jimena”, respondía él sin levantar la vista del periódico.

“Mamá tiene buena memoria, solo repite algunas historias.” Jimena sonreía con sutileza, dejando que la duda flotara en el aire como un perfume. “Claro, pero ayer me preguntó dos veces qué día era y hace poco dejó la estufa encendida. Imagínate si Sofía hubiera estado cerca.” La frase era una trampa perfecta. Sofía, su hija, apenas tenía 3 años. Era la única que lograba arrancarle sonrisas genuinas a doña Josefa. La anciana la adoraba, la llenaba de cuentos y canciones de su infancia en Puebla.

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