¡JEFE, SU MADRE ESTÁ VIVA LA VI EN EL MANICOMIO!— GRITÓ LA EMPLEADA AL VER EL RETRATO EN LA MANSIÓN

Pero Jimena siempre encontraba la forma de convertir ese amor en una amenaza. “Mamá, no es un peligro”, decía Héctor algo molesto. “No he dicho eso”, respondía ella acariciando su hombro. Solo pienso que necesita ayuda, tal vez un chequeo médico, algo de descanso, ya sabes, lugares tranquilos donde las personas mayores se sienten seguras. Doña Josefa escuchaba muchas veces esas conversaciones desde el corredor y cada palabra de Jimena le sonaba como una gota cayendo sobre piedra. Sabía que aquella mujer no soportaba su presencia, que la veía como una sombra que debía desaparecer.

Una tarde la tensión estalló. Doña Josefa estaba en el jardín cuidando las bugambilias cuando escuchó risas detrás del ventanal. Jimena conversaba con un hombre trajeado que no conocía. Cuando entró a la sala, el silencio fue inmediato. “Perdón, no sabía que había visita”, dijo con una sonrisa educada. Madre, intervino Héctor incómodo. Él es el Dr. Ernesto Villalobos, especialista en salud mental. Vino solo a conversar un poco por recomendación de Jimena. Doña Josefa lo miró con serenidad, pero dentro de ella algo se contrajo.

El doctor sonreía demasiado. Un placer conocerla, doña Josefa. Su nuera me habló maravillas de usted, dijo mientras tomaba nota en una pequeña libreta. Aquella tarde fue el inicio de la farsa. Desde entonces, Villalobos comenzó a visitar la casa con frecuencia. A veces conversaba con Héctor en el estudio, otras con Jimena en el jardín. Y en cada visita, Jimena añadía una historia nueva sobre el supuesto deterioro de la anciana, que olvidaba cerrar las puertas, que confundía nombres, que había acusado a la empleada de esconderle medicinas.

Todo mentira. pero dichas con una dulzura que desarmaba cualquier sospecha. Dolores, la entonces joven empleada, notaba el cambio en el ambiente. El aire se volvía pesado cada vez que Jimena entraba a una habitación. “No le gusta que usted esté cerca de la niña, doña Josefa”, le susurró un día mientras servía el té. Ya lo sé, hija”, respondió la anciana con una sonrisa triste, pero la verdad siempre se abre paso, hasta las mentiras más finas se rompen con el tiempo.

Doña Josefa comenzó a escribir cartas que nunca enviaba. En ellas contaba cómo se sentía observada, juzgada, desplazada, pero nunca imaginó que esas mismas palabras serían usadas en su contra. Un mes después, Villalobos presentó a Héctor un informe clínico con membrete y sello. Decía que su madre mostraba síntomas tempranos de demencia senil y confusión episódica. El hijo lo leyó varias veces sin poder creerlo. ¿Está seguro, doctor? Por desgracia, sí. Es leve, pero podría empeorar”, respondió Villalobos mientras Jimena bajaba la mirada con gesto compungido.

Doña Josefa entró justo en ese momento. “¿Ah? ¿Qué es eso que leen con tanto secreto?” Héctor ocultó el papel nervioso. “Nada, mamá, solo un informe de rutina.” Pero ella no era tonta, lo vio en su rostro. La duda ya había echado raíces. Esa noche, mientras el silencio cubría la mansión, Jimena observó desde la ventana del cuarto matrimonial a su suegra rezando frente al piano. ¿Qué tanto pides, vieja terca?, susurró. Doña Josefa abrió los ojos y, sin saber que la observaban, dijo al aire, “Que Dios te ilumine, muchacha, antes de que tu ambición te condene.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.