¡JEFE, SU MADRE ESTÁ VIVA LA VI EN EL MANICOMIO!— GRITÓ LA EMPLEADA AL VER EL RETRATO EN LA MANSIÓN
Esa fue la última noche de paz en la casa Montiel. El invierno llegó con un aire extraño en la mansión. Los días eran más fríos y no solo por el clima. Héctor evitaba las conversaciones largas con su madre y Jimena parecía disfrutarlo. Había logrado lo que tanto deseaba, sembrar la duda. Y una vez que la duda germina, solo necesita un poco de miedo para florecer. Cada mañana Héctor recibía reportes discretos del Dr. Villalobos. El psiquiatra hablaba con tono grave.
profesional, pero detrás de sus palabras se escondía el mismo interés que lo había llevado ahí. Dinero, no quiero alarmarlo decía en cada encuentro. Pero los síntomas son claros. Doña Josefa está empezando a perder noción del tiempo. Héctor asentía con el corazón apretado. Jimena, a su lado fingía sorpresa y preocupación, aunque por dentro sonreía. Una tarde, después de una pequeña confusión con la medicación de Sofía, Jimena aprovechó para dar el siguiente paso. Héctor, por favor, ya no podemos seguir así, dijo entre soyozos falsos.
Tu madre necesita ayuda profesional. No es justo para ella ni para nosotros. Héctor, cansado y con la mente saturada, cedió. Está bien. Si el doctor lo cree necesario, la llevaré unos días para que la evalúe. Jimena conto. Una sonrisa. Ese unos días sería suficiente para convertir la evaluación en encierro. Cuando doña Josefa recibió la noticia, reaccionó con dignidad, aunque sus manos temblaban. Una clínica. ¿Para qué? Solo para que descanses, mamá, respondió Héctor, intentando no verla a los ojos.
has estado muy cansada últimamente. Ella suspiró con una calma que dolía. ¿Cansada o incómoda para tu esposa, Héctor frunció el ceño. No digas eso. Jimena solo quiere ayudarte. Claro dijo doña Josefa con una sonrisa triste. Todos los traidores dicen lo mismo antes de cerrar la puerta. Jimena apareció entonces vestida con un abrigo beage y una expresión impecable. Doña Josefa, la ambulancia vendrá a las 10. Solo será un chequeo, lo prometo. La anciana no respondió, solo la observó fijamente con esa mirada que atraviesa las máscaras.
Héctor, dijo antes de subir a su habitación, “Si algún día dudas de lo que estás haciendo, recuerda esto. Las mentiras no sanan, solo pudren. A las 10 en punto, la ambulancia estacionó frente a la reja. Dos enfermeros con uniformes blancos bajaron y saludaron con cortesía. Doña Josefa se despidió de Sofía con un beso en la frente. La niña, sin entender, preguntó, “Abuelita, ¿a dónde vas?” “A un lugar donde la gente aprende a escuchar mi amor”, respondió ocultando la tristeza con ternura.
El trayecto hacia la clínica San Miguel Arcángel fue silencioso. El paisaje gris de la ciudad se mezclaba con los pensamientos de la anciana. Cuando el vehículo se detuvo, un portón metálico se abrió lentamente. El lugar no se parecía a lo que le habían prometido. No había jardines ni música, solo pasillos fríos y olor a desinfectante. La recibió una monja con sonrisa rígida. Bienvenida, hija. Aquí estarás bajo nuestro cuidado. Doña Josefa asintió sin decir palabra. Sabía perfectamente que el cuidado y la prisión a veces usan el mismo uniforme.
Los días siguientes fueron una cadena de rutinas vacías. La despertaban a las 6, la obligaban a tomar medicamentos que la adormecían y apenas la dejaban caminar por el patio. Al principio intentó llamar a Héctor, pero siempre le decían que no había autorización para visitas ni llamadas. Cuando preguntó por Jimena, la respuesta fue una sonrisa seca. Su nuera se comunicó. dijo que usted necesita reposo absoluto. Una noche, mientras las demás internas dormían, escuchó pasos en el pasillo. Era Dolores, una joven con uniforme blanco y rostro amable.
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