Había sido contratada hacía a poco como personal de limpieza. Está bien, señora, susurró. Sí, hija. Solo que aquí el silencio pesa respondió doña Josefa, sonriendo con los ojos, dolores bajo la voz. Yo sé que usted no está loca. La anciana la miró sorprendida. ¿Cómo lo sabes? Porque los locos no lloran en silencio, ni rezan con nombre y apellido. Y esa noche nació entre ellas un lazo que ni el encierro pudo romper. Mientras tanto, en la mansión, Jimena se encargaba de borrar cada rastro.
mandó a empacar la ropa de doña Josefa, a guardar sus retratos y hasta cambiar la cerradura de su cuarto. Le dijo a todos que la señora se había mudado a un centro de reposo y que por su estado prefería no recibir visitas. Héctor, con el alma hecha polvo, se convencía de que era lo mejor. Solo será por poco tiempo. Se repetía cada noche mirando el retrato de su madre. Pero los meses pasaron y las cartas de la clínica llegaban con el mismo mensaje.
La paciente se encuentra estable, pero no debe recibir estímulos externos. Jimena le servía el vino y sonreía. Tranquilo, amor, todo está bajo control. Y Héctor, sin saberlo, brindaba con la misma mano que había firmado la condena de su madre. En la clínica, doña Josefa escribió su última carta antes de perder la fuerza para sostener la pluma. Si alguien encuentra esto, dígale a mi hijo que sigo viva, que sigo esperando. No hay peor castigo que el olvido y él no me olvidará.
Esa carta nunca salió del lugar. El Dr. Villalobos la leyó, la rompió en pedazos y ordenó aumentar la dosis de sedantes. Pero el alma de doña Josefa no se durmió. En su interior, una voz repetía como un mantra: “El amor siempre encuentra el camino, aunque el camino sea una jaula. La clínica San Miguel Arcángel no era un lugar de descanso como le prometieron. Era una casa del silencio. Las ventanas estaban selladas, las paredes olían a humedad y cloro, y las noches eran un eco de murmullos y llantos apagados.
Ahí dentro el tiempo no se medía en horas, sino en dosis. Doña Josefa Montiel perdió la noción de los días. No había espejos, ni relojes, ni voces conocidas. solo la rutina de los medicamentos y la voz de una enfermera que cada mañana repetía su nombre como si fuera un número. Montiel, levántese. Ella obedecía sin responder. Sabía que hablar demasiado podía traerle otra pastilla o una mirada de sospecha. A veces, al despertar, escuchaba gritos en el pasillo. Otras veces el llanto de alguna interna que rogaba por irse a casa.
Entonces rezaba en silencio, apretando el rosario que escondía bajo la almohada. Dios, no permitas que mi hijo crea que estoy muerta por dentro. Una tarde, mientras barría su pequeño cuarto con un cepillo viejo, escuchó una voz joven detrás de la puerta. Puedo pasar, señora. Era Dolores, la muchacha nueva del servicio de limpieza llevaba una cubeta de metal y una sonrisa nerviosa. “Claro, hija”, respondió Josefa, sentándose al borde de la cama. “Me llamo Dolores Ramírez. Si necesita algo, puedo ayudarla”, dijo bajando la voz.
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