¡JEFE, SU MADRE ESTÁ VIVA LA VI EN EL MANICOMIO!— GRITÓ LA EMPLEADA AL VER EL RETRATO EN LA MANSIÓN

“No me gusta cómo la tratan aquí.” Doña Josefa la miró con ternura. No te metas en problemas por mí, hija. Aquí hasta los buenos gestos cuestan caro. Dolores sonrió y sin poder evitarlo, le confesó. Mi madre también estuvo internada en un lugar así. No estaba enferma, solo estorbaba. Josefa asintió lentamente. Entonces, ¿sabes cómo se siente? Desde aquel día, Dolores comenzó a limpiar su habitación todos los días, pero en realidad iba para escucharla hablar. A escondidas le llevaba pedacitos de pan, cartas sin destinatario y noticias del mundo exterior.

Josefa le contaba historias de su infancia en Puebla, de cómo conoció a su esposo y de la primera vez que Héctor tocó el piano. Dolores, que había crecido sin padre, empezó a verla como una abuela. Entre ambas nació una confianza silenciosa, tejida con gestos pequeños, una sonrisa, una oración, una lágrima compartida. Pero los demás empezaron a notar su cercanía. Una enfermera la advirtió. Ramírez, no hable tanto con la paciente Montiel. Tiene delirios. Dolores fingió a sentir, aunque en su interior ardía.

Sabía que aquella mujer no deliraba, hablaba con lucidez. recordaba fechas, nombres y hasta los colores del vestido de novia de su nuera. Era imposible no creerle. Una noche, mientras pasaba el trapo por el pasillo, escuchó a los médicos conversar. ¿Hasta cuándo la mantendrán aquí?, preguntó uno. Hasta que la familia decida lo contrario, respondió el doctor Villalobos. Y créame, con el dinero que paga la señora Jimena, eso no será pronto. Dolores sintió un escalofrío, se llevó la mano al pecho.

Esa frase le bastó para entender que no había enfermedad, solo un castigo bien pagado. Desde entonces, cada vez que podía, escribía en un cuaderno pequeño lo que veía. Doña Josefa se encuentra lúcida, habla con coherencia, pide ver a su hijo. Era su forma de resistir, de dejar prueba de la verdad. Sabía que un día saldría de ahí y si el mundo seguía siendo justo, contaría lo que estaba pasando. Una tarde, mientras cambiaba las sábanas, doña Josefa le tomó la mano.

Hija, si algún día te despiden o te vas, prométeme algo, lo que sea, señora. Busca a mi hijo. Dile que no estoy muerta. Dolores tragó saliva conteniendo el llanto. Lo prometo. Los meses se volvieron años. La salud de Josefa se debilitaba. No por locura, sino por tristeza. Sus pasos eran lentos, su voz suave como un susurro. Dolores la cuidaba como a su propia madre, peinándole el cabello, contándole chismes de las enfermeras, robándole sonrisas. Pero un día todo cambió.

El doctor Villalobos llegó acompañado de dos hombres. La paciente Montiel será trasladada, anunció. ¿A dónde? Preguntó Dolores. A una sección especial. No es asunto tuyo. Esa fue la última vez que la vio. Al día siguiente, el cuarto estaba vacío, la cama hecha y el rosario sobre la almohada. Dolores buscó respuestas, pero solo encontró silencio. Una enfermera le susurró. Dicen que murió anoche. Ella no lo creyó. Lo sabía en el alma. Doña Josefa no estaba muerta. Y aunque la despidieron poco después, juró que algún día encontraría la forma de decir la verdad.

Afuera, el mundo seguía girando. Jimena vestía de negro fingiendo luto. Héctor firmaba papeles sin mirar y en un ataúdrado, sin cuerpo dentro, se sellaba la mentira más cruel de sus vidas. Mientras tanto, en algún rincón olvidado de la clínica, una mujer seguía rezando el nombre de su hijo. Su voz, apenas un suspiro, decía entre lágrimas, “El amor no se muere, solo lo encierran donde nadie lo escucha. El amanecer que anunció la muerte de doña Josefa Montiel fue tan gris que ni los pájaros cantaron.

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