A las 7 de la mañana, el teléfono sonó en la mansión. Héctor, medio dormido, contestó sin imaginar que esa llamada marcaría el principio del fin. “Señor Montiel”, dijo una voz profesional sin emoción. “Habla la administración de la clínica San Miguel Arcángel. Lamentamos informarle que su madre falleció esta madrugada causa paro cardíaco. El silencio de Héctor fue tan profundo que hasta el reloj del pasillo pareció detenerse. “Mi madre”, susurró. ¿Estás segura? Sí, señor. Murió dormida. No sufrió. Jimena, que observaba desde la puerta, corrió hacia él fingiendo sorpresa.
¿Qué pasa, amor? Héctor colgó el teléfono con las manos temblorosas. Es mamá, dijo sin aire. Murió esta madrugada. Jimena cubrió su boca y por un segundo, algo parecido a una sonrisa, cruzó su rostro. “Dios mío, no”, murmuró. Pero en sus ojos había alivio, el tipo de alivio que solo sienten los que creen haber ganado. El funeral se organizó con una rapidez sospechosa. El doctor Villalobos envió los documentos, la clínica entregó un ataúd lacrado y Jimena se encargó de cada detalle.
No conviene abrir el féretro, le dijo al esposo con voz suave. La clínica recomendó no hacerlo por razones sanitarias. Héctor, devastado, asintió sin sospechar que la mayor infección ya estaba dentro de su propia casa. El ataúd llegó cubierto de flores blancas y una cinta dorada que decía, “Descansa en paz, doña Josefa Montiel.” Nadie notó que el peso no era el de un cuerpo, sino el de una mentira. Durante la ceremonia, Héctor apenas hablaba. El sonido del piano que él mismo había pedido para acompañar el velorio le rompía el alma.
Cada nota le recordaba las manos de su madre tocando esa misma melodía, la que le enseñó cuando era niño. “Cuando toques sin amor, solo harás ruido”, solía decirle ella. Jimena, vestida de negro impecable, se mantuvo todo el tiempo a su lado con lágrimas medidas perfectas para la foto. Nadie sospechaba nada. Nadie, excepto una persona. En un pequeño cuarto de la clínica, Dolores recogía sus cosas en silencio. Había sido despedida sin explicación alguna. “La señora Montiel falleció”, le dijo una enfermera.
“No hay más que hacer aquí.” Pero Dolores sabía que algo no encajaba. Había escuchado rumores, comentarios al pasar y esa sensación en el pecho que no la dejaba respirar. Antes de salir, entró al cuarto vacío de doña Josefa. El rosario seguía sobre la almohada, intacto, y eso le bastó para entenderlo. Una mujer que reza todas las noches no muere sin despedirse de su fe. Se llevó el rosario escondido entre sus manos y salió con el corazón hecho pedazos.
No sabía cómo ni cuándo, pero cumpliría su promesa. En la mansión, el duelo duró menos de lo que tarda en marchitarse una flor. A la semana siguiente, Jimena mandó cerrar el cuarto de su suegra, guardó los retratos en cajas, mandó donar la ropa y ordenó reemplazar el piano por una escultura moderna. “Es hora de mirar hacia adelante”, dijo sirviendo una copa de vino. Héctor la miró sin palabras. Su vida se había convertido en una rutina silenciosa. El amor por su madre se mezclaba con la culpa de no haberla visitado, de no haber preguntado más, de haber creído sin ver.
Cada noche se sentaba en el estudio observando la foto de ella sonriendo junto al piano y en su cabeza solo resonaba una frase: “Las mentiras no sanan, solo pudren.” Mientras tanto, en una habitación olvidada de la clínica San Miguel Arcángel, una enfermera dejaba una bandeja de comida sin mirar. El plato se enfriaba frente a una mujer delgada, con mirada serena y manos temblorosas. Era doña Josefa, viva, respirando despacio, pero consciente de todo. Sabía que el mundo creía que estaba muerta, sabía que su nombre había sido borrado.
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