Dolores quiso hablar, pero algo en ella la detuvo. No era el momento. Aún así, las palabras comenzaron a empujarle el pecho desde adentro. Esa noche Dolores no pudo dormir. Sentía la voz de doña Josefa retumbando en su cabeza. “Si algún día me despiden o te vas, prométeme que le dirás a mi hijo que no estoy muerta.” Se levantó. Caminó hasta la ventana y vio las luces de la ciudad a lo lejos. Sabía que si decía la verdad se enfrentaría a personas poderosas, pero si callaba cargaría con una muerte que nunca existió.
Al día siguiente se armó de valor. Esperó a que Jimena saliera de compras y pidió hablar con Héctor. Él estaba en el estudio revisando unos documentos. Señor Montiel, dijo con voz temblorosa, no sé si me va a creer, pero yo trabajé un tiempo en la clínica San Miguel Arcángel. Héctor levantó la vista intrigado. En serio, ¿y eso qué tiene que ver conmigo? Dolores respiró hondo. Atendía el cuarto de una mujer, una paciente llamada Josefa Montiel. El silencio cayó como una piedra.
Héctor se quedó pálido. Ese es el nombre de mi madre, susurró casi sin voz. Dolores asintió conteniendo las lágrimas. Señor, su madre estaba viva cuando yo salí de esa clínica. No murió. La vi, la cuidé, la escuché rezar por usted. Se levant levantó de golpe como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. ¿Qué está diciendo? Eso no puede ser cierto. Lo es, señor, dijo ella, sacando de su bolso un rosario gastado. Esto esto me lo dio ella.
me pidió que se lo entregara a usted si alguna vez la encontraban. Héctor tomó el rosario con las manos temblorosas, lo reconoció al instante. Era el de su madre, el mismo que le había regalado cuando era niño, cuando juró protegerla pase lo que pase. Dolores lo miró a los ojos. Su madre no murió, señor Héctor. La encerraron. Y creo que sé quién lo hizo. El silencio que siguió fue insoportable. Solo el tic tac del reloj llenaba la habitación.
Afuera comenzaba a llover otra vez y cada gota que caía contra los ventanales parecía decir lo mismo. La verdad siempre encuentra el camino. Héctor se quedó de pie en medio del estudio con el rosario de su madre entre las manos. Dolores aún estaba allí mirándolo con compasión, sabiendo que esa verdad lo atravesaba como un cuchillo. ¿Está segura de lo que dice?, preguntó él con la voz quebrada. Tan segura como de mi nombre, señor, respondió ella con firmeza.
Yo la vi. Hablé con ella. La señora doña Josefa Montiel no estaba enferma, estaba lúcida, triste, pero viva. El silencio se estiró hasta doler. Héctor se sentó lentamente, incapaz de procesarlo. Todo su cuerpo temblaba. Pero la clínica me envió un certificado de defunción. Lo sé, dijo Dolores. El doctor Villalobos lo firmó, pero él no la revisó. Nunca la revisó. Héctor apretó los puños. Cada palabra era una daga que perforaba años de culpa. Recordó el día del funeral, la caja cerrada, el peso sospechoso.
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