Mi hermano menor me dio una palmadita juguetona en el hombro: «¡Tiene casi 70 años, pero aún tiene mucha energía!».
Justo cuando pensábamos que todo estaba bien, aproximadamente una hora después, oímos a Rekha llorar desde el dormitorio. Toda la familia estaba conmocionada y sorprendida…
“¡Papá! ¿Qué pasó?”
Nadie respondió, solo sollozos. Abrí la puerta y entré.
La escena que vi me dejó paralizada: Rekha estaba acurrucada en un rincón de la habitación, con los ojos rojos, los brazos apretados alrededor de las rodillas y la respiración agitada. Mi padre estaba sentado en la cama, con la ropa desaliñada y el rostro marcado por la confusión y la ansiedad. El ambiente era sofocante.
Pregunté:
“¿Qué pasó?”
La voz de Rekha tembló:
“Yo… no puedo hacer esto… no estoy acostumbrado…”
Mi padre murmuró, con el rostro enrojecido:
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