"Perdóname. No fui digno de ti ni de la confianza que me diste. Si alguna vez puedes, no me odies". Ayudaré al niño. Y solo te deseo felicidad. Artyom.
Sofía no sentía ni regodeo ni lástima. Solo cansancio y una extraña calma.
Se preparó otra taza de café —en una taza diferente— y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentarse a mirar por la ventana, sin pensar en nada.
Epílogo. Sin trabajo, sin dinero, y sin mí.
Pasaron seis meses.
La empresa crecía a un ritmo constante: el proyecto del centro comercial se estaba implementando, los inversores estaban satisfechos. Artyom fue reemplazado por una nueva directora financiera, una mujer estricta y meticulosa que no tenía la costumbre de mezclar asuntos personales y profesionales. Sofía se sintió aliviada de poder delegarle algunas de sus responsabilidades.
De vez en cuando, le llegaban rumores de sus colegas: Artyom no había encontrado un nuevo trabajo en una gran empresa; había demasiadas dudas sobre su reputación. Trabajaba a tiempo parcial como consultor, contando cada centavo, pagando la deuda y el alquiler de la empresa.
Victoria se fue de baja por maternidad, sin salario estable ni manutención. El bebé finalmente... Había nacido; Sofía se enteró por casualidad en las redes sociales. En la foto, Alisa era un pequeño bulto con ojos serios.
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