La continuación de la historia

— ¿Qué límite desea establecer? —repitió la empleada del banco, colocando las manos sobre el teclado.

Emma no dudó ni un segundo.

— Diez euros al día. Para cualquier tipo de operación. Retiros, pagos, transferencias.

La empleada parpadeó brevemente, pero asintió.

— ¿Y la tarjeta adicional?

— Que mantenga exactamente la misma configuración que antes. Sin límites. Con el PIN antiguo.

Esta vez, la mirada de la mujer se volvió más atenta. Lo entendió. No era la primera vez que veía una situación así. En silencio introdujo los datos, imprimió los documentos y los deslizó hacia Emma.

— Listo. La tarjeta principal ahora tiene un PIN nuevo y un límite. La tarjeta adicional estará activa en unos minutos.

Emma firmó, se puso el abrigo y salió del banco con una calma que no había sentido en mucho tiempo.

A las nueve en punto, la madre de Lucas ya estaba frente al cajero automático.

Emma estaba sentada en una cafetería al otro lado de la calle, con el teléfono sobre la mesa, mirando a través del cristal. Había pedido un té, pero no había dado ni un sorbo. Sabía que todo ocurriría exactamente como ellos lo habían planeado.

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