Colgué el teléfono y me quedé unos segundos inmóvil, con la mirada fija en la pared. Desde la cocina se oían pasos nerviosos, cajones que se cerraban de golpe, murmullos cargados de desprecio. Marta no tenía intención de irse. Al contrario, cada vez se comportaba con más seguridad, como si fuera la dueña de la casa.
Después de unos minutos salí del dormitorio. No pensaba esconderme en mi propio hogar.
—¿Ya terminaste de hablar? —me recibió con los brazos cruzados. —Entonces empieza a recoger tus cosas. No voy a aguantarte aquí mucho más.
—No me voy a ninguna parte, Marta —dije con calma, sorprendiéndome incluso a mí misma. —Este es mi piso. Y así seguirá siendo.
—¡Ya veremos! —bufó. —Cuando Thomas llegue, dirá la verdad. No como tú.
Por primera vez desde que empezó todo, sonreí. Una sonrisa cansada, pero firme.
—La verdad llega sola. No hace falta llamarla.
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