Cuando se abrió la puerta de entrada, Marta fue la primera en levantarse de un salto. Thomas entró apresurado, con el rostro tenso, y dejó caer el bolso en el suelo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, evitando mirarme.
—¡Díselo! —estalló Marta. —¡Dile que el piso es tuyo! ¡Que no estoy loca!
