La continuación de la historia

Thomas se volvió hacia mí.

—Sophie… lo siento. Solo quería parecer mejor a sus ojos.

—¿Y a los míos? —pregunté. —¿Qué querías parecer para mí?

No respondió.

—Dejaste que creyera que yo no era nadie —continué. —Permitiste que me humillara en mi propia casa. Eso no es “tranquilidad”. Eso es cobardía.

—Puedo arreglarlo —dijo deprisa. —Te lo prometo.

—No —negué con la cabeza. —Hay cosas que no se arreglan. De ellas se aprende y se sigue adelante.

Esa noche Thomas durmió en el sofá. Por la mañana le dije que quería divorciarme. No protestó. Tal vez, por primera vez, fue sincero.

Unas semanas después, el piso volvió a estar en silencio. Compré un jarrón nuevo, sencillo, sin adornos. No para reemplazar el que se rompió, sino para recordarme una cosa: la verdad, por dolorosa que sea, hace menos ruido que la mentira, pero permanece intacta.

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