El teléfono sonó durante todo el día. Primero Laura. Diez veces. Luego Mark. Luego mi madre. Los números aparecían en la pantalla como golpes en una puerta que ya no pensaba abrir. Al caer la tarde empezaron los mensajes. Primero confusos, luego nerviosos, finalmente acusatorios.
«Emma, ¿qué está pasando?»
«Es un error, mañana lo arreglamos.»
«No puedes hacerle esto a la familia.»
«Mamá está llorando.»
Leí todo sin responder. Por primera vez en doce años no me sentí responsable de sus emociones.
A la mañana siguiente alguien llamó a la puerta. No fuerte, pero con insistencia, como si supiera que estaba en casa. Miré por la mirilla. Laura. Con gafas de sol grandes, aunque el cielo estaba nublado. Abrí.
—Por fin —dijo, entrando sin esperar invitación—. ¿Tienes idea de lo que has hecho?
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