—Necesito una solución, Emma. El banco no negocia.
—Entonces negocia tú —respondí.
—Pero tú eres la avalista.
—Lo era.
—Necesito una solución, Emma. El banco no negocia.
—Entonces negocia tú —respondí.
—Pero tú eres la avalista.
—Lo era.
Lo entendió entonces. No porque se lo explicara, sino porque por primera vez ya no tenía nada que sacar de mí.
Mis padres vinieron los últimos, tres días después de la celebración. Mi madre no me miraba. Mi padre parecía más pequeño de lo que recordaba.
—Así no se hacen las cosas —dijo en voz baja—. Somos una familia.
—Una familia no expulsa a alguien como a un extraño —respondí—. Una familia no llama «mendiga» a la persona que la sostiene.
Mi madre alzó por fin la mirada.
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