La continuación de la historia
—Exageras. Fue un momento.
—Fue vuestra verdad dicha en voz alta —dije.
Se fueron sin pedir perdón. Y por primera vez eso ya no me dolió.
Siguieron semanas extrañas. Tranquilas. Sin urgencias, sin llamadas nocturnas, sin transferencias de «solo este mes». Empecé a dormir. A comer sin prisa. A salir a caminar sin el teléfono en la mano.
Cerré la hoja de cálculo para siempre. No porque hubiera olvidado la cifra, sino porque ya no necesitaba demostrarme nada.
Encontré un piso pequeño y luminoso cerca del río. Lo compré sin pedir la opinión de nadie. Reservé unas vacaciones —reales, no aplazadas. Me fui sola.
Una tarde, sentada en una terraza con una copa de vino delante, pensé en la palabra que me había perseguido durante tanto tiempo.
Mendiga.
Sonriendo, lo entendí por fin: no era yo quien había mendigado. Lo habían hecho ellos. Durante años. De mi vida, de mi tiempo, de mí.
El teléfono vibró. Un mensaje nuevo de Laura. No lo abrí.
Por primera vez, mi futuro ya no necesitaba explicaciones.
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